Berenice
El día que llegué de Clorinda a Cuatrocasa, lo ví por primera vez.
Mañanita de verano. Fresca. Una nube polvorienta nos recibió. Bajé del vagón apretando fuerte la manivela de mi valija de cartón. Imaginesé, como si pesara taanto. Meneándome un poco, miré hacia un lado y otro, haciendo de cuenta que esperaba a alguien. Avancé. Una reina delante de sus narices. Me hice la distraída pa´ no alentarle esperanzas. Ensequidita supe del tipo que era. Mi olfato no me engañó. Este es sabueso al acecho, me dije. Se lo veía apocado. Manso, pero nada tonto. Erguido como mástil con sus crines amarillas al viento. Atento a la movida e la presa.
Me dije Berenis, ahí lo tenés. Seguro cae como chorlito…
Llegué como dios me trajo al mundo a éste poblao maldito, vió ña Matilda. Así y todo no me puedo quejar. El Veinte Ninfas se portó conmigo. Anque la tuve que peliar. Veníamos espantados por el hambre, e íbamos cayendo pa éste lado. Allá, por lo menos se come, se decía.
Tuve suerte. Me pusieron al mando de la victrola. Al tantito que empecé en el boliche se apareció. Entró timidón. Algo asustadizo, diría. Esa vez más peinao. ¡Hasta bañado y todo! Un lujo por estos lados. Usté sabrá…
Esperé un laargo rato. Se vé que no se animó de entrada. Hasta que le entró a unos cuáaantos tragos…
Yo seguía en lo mío. Meeta victrola y foxtros.
Fijesé, cuando sonaba «Titina», se levantó de la silla.
Berenis, me dije, ahí viene. Me acomodé la enagua, pegada al espinazo. La tranpiración vió, por la peluca. Es que antes de llegá me habían pelao… Me via agarrado el bicho del pelo.
¿Qué me mira? No se haga ilusiones. Éste es cabello propio, de mí misma…
Como iba diciendo, él chambergo entre manos, venía avanzando. Pedía permiso. Hasta que se oyó la vocecita. Era un tembleque. Se vé por lo que había tomado.
Me hice un poco la sorda y repitió. -Linda, oigamé -
-¿Si?- me di vuelta. ¡Ni que no lo hubiera visto!
- Una buena moza como usté, ¿solita?
No contesté.
Entonces, dijo, acá el Cecilio Aros, la va acompañar, si me permite… Y le siguió entrando a la caña. No tardó mucho en quererme pa´l casorio. Eso ya cuando le daba al anís.
- Ande. En el monte tengo vaca, bayo y casita pa´ nuestro nido. –
Le brillaba la mirada. Píicara, más azulada bajo la penumbra del Veinte Ninfas.
Imaginesé, era lo que más quería. Peero, había que simular. Usté sabe. Hay que negarse un poco. Cuanto más se retoba una, máas se entusiasman. ¡Ni se la hice fácil! Rato y rato pá convencerme. Ya se le habían puesto rojos los cachetes y él seguia con el bla bla. No se cuánto ‘e los pajaritos. La voz iba pantinandoselé. No le entendí, pa`qué le via mentir, pero me causó gracia y me le reí. El, convencido, ya le digo, no sé de qué, salió dando tumbos.
Por unos días, ni el pelo le ví.
Hasta que llegó el sábado y se apareció con una plumita en la mano. Había cazado unos pajaritos pa nuestro nidito, según dijo. Desde ése día no me le separé nunca. Ya llevamos má de dos años juntitos. Sabe una cosa, le via contar una intimidá. Cada mañana tempranito, antes de ir al monte, me da un beso en la frente. Yo me le hago la dormida, pero lo escucho y le juro que no hay amor más grande que el de ese hombre.
Nota de la autora:
Éste cuento está basado en el primer capítulo/cuento del libro “Cuatrocasas” de Eduardo Mignona, en el cual el protagonista, Cecilio Aros, quiere conquistar a Berenice, la reina del Veinte Ninfas, burdel de un pueblo, casi fantasma que es Cuatrocasas, y donde relata su desventura al querer capturar a los pájaros que le había prometido a la muchacha como prueba de su amor. En éste relato, con mi autoría Berenice toma la palabra. Esto, sin ánimo, siquiera, de intentar alcanzar los talones del escritor.