Tres y veinticinco de la tarde. Viernes, y la fiebre del sábado por la noche se adelanta en la sala del cine Magestic de Villa Ballester. Juan, Natalia y Mauricio no son los únicos espectadores. Mauricio, ansioso por que empiece la función, cuida que no se le ensucien los pantalones pata de elefante con el bombón helado. Juan, con el bleizer sobre las piernas, apoya los mocasines en el respaldo del asiento vacío de la fila de adelante y Naty, acalorada, sacude su camisola de bambula y se acomoda los rulos de la permanente que se hizo cuando cumplió los quince, la semana pasada. Mientras tanto Tony Manero, sueña con hacerse famoso y otros sueñan con él.
¡No, no puede ser! reniega Naty para sus adentros. Obnubilada sigue al chico que se contonea en la pista de baile de la pantalla del cine. ¡No puede ser! ¡Esos ojos me derriten! ¡Me desarman! ¡Es perfecto! ¿Le gustaré? Tengo que adelgazar un poco, un par de kilos nada más. Porque se ve que le gustan las flacas. A la gordita no le pasa ni bola. Y eso que lo persigue… ¡Ahi es cuando ganan el concurso…! ¡Eso es! Anotarme en algún concurso de baile. Sobre todo donde el premio sea dinero y así junto la plata. ¡Sí! Cuando cumpla los dieciocho me voy a ir a buscarlo a USA. Lo caso, me caso. ¿Los pasos? Tengo que aprenderlos mejor… ¡Ay! Y cómo mueve la cadera… ¡qué bien… le salen…! Ya va la quinta y todavía me faltan algunos giros por sacar… ¿O la sexta? No sé, perdí la cuenta… Es que John me hace perder la memoria… ¡Práctica! ¡Más práctica! ¡Así no voy a ningún lado! ¡Por qué no me los aprenderé de una vez! Le voy a decir a la vieja, menos baile clásico y más jazz. ¡Sí! Seguro que si aprendo a bailar bien se va a fijar en mí… A ella no le va a disgustar la idea. ¡Quien no querría tener un yerno así! Tengo que juntar para el pasaje y allá veo. Total enseguida voy a encontrar algo de trabajo. ¡Por vos todo mi Jonh, por vos todo! Nadie me cree cuando lo digo. ¡Lo voy a ir a buscar! ¡Sé que mamá me va a apoyar! Es que si no lo hago me muero. ¿Será posible morir de amor? ¡Después, me lo traigo a Buenos Aires y que viva con nosotros! Total la casa es grande y hay cuartos de sobra… La vieja seguro que va a ofrecerse para enseñarle el tango, como le gusta a ella. Ya la veo con su pollerita de cuero negro haciendo el dos por cuatro en el living… ¿Y si a él le gusta más la milonga que otra cosa? Mejor me lo llevo para otro lado. A algún lugar que lo tenga para mí solita. O me quedo en Hollywood. O donde sea pero con él. Aunque extrañe un poco el barrio, la Cindor y a las chicas… Mmm. ¿Si encuentro uno que baile tan bien como él tal vez ni necesite irme? Mauri está churro también, y baila… No sé qué le pasa últimamente. Me trata diferente. Yo le dije que John es el amor de mi vida. ¡Para que le quede claro! Sin embargo, cuando me agarra la mano para bailar lo hace con suavidad. No es como otros… El peinado que se hizo últimamente ¿Lo hará para parecerse a él y que yo le de una oportunidad? ¿Y si en cualquier momento me dice que está muerto conmigo? ¿Qué hago? ¡Ay, qué desastre! Lo tendré que pensar…
En el asiento de la derecha, Mauricio está inquieto. Se acomoda hacia un lado y a otro. Le encantaría estar ahí, en la pista, bajo las luces, manteniéndose vivo, en el incesante juego de la noche y la música. Ese juego secreto y sagrado, a lo Travolta, que a veces, juega ante el espejo, con luz tenue en su cuarto y que posee el poder único de secar sus lágrimas. -¿Algún día podré lograr que me mire? ¿Es que no se dá cuenta? El tiene ojos para ella, nada más. Ella en cambio, no para él precisamente… Cree que haciéndose el interesante se la va a ganar. Nunca. Así, nunca. Yo puedo demostrarle que no y sin embargo ella no me interesa. ¿Juan no te das cuenta? ¿O es que también voy a tener que tirarme del puente, como en la peli, para que me tomes en serio?
Juan, quietito y serio, mira a la pantalla del cine Magestic como a través de una ventana. Está lejos, casi más que el hilo de sus pensamientos. De vez en cuando tuerce la mirada a un costado. Cierra los ojos. Husmea y suspira por el aroma del perfume de Natalia. Al abrirlos nuevamente se encuentra con la mirada inquisidora de Mauricio. ¿Y éste qué me mira? ¿Te debo algo loco? masculla y le hace un gesto con la mano al amigo -¡Shh! dice Naty. Vuelve a acomodarse en el asiento. ¿Qué hago acá viendo esta idiotez? Típica del flaquito que se hace el piola… ¿Por qué no habremos ido a ver alguna de las otras? La del afiche de los ojitos en la colina… O La Montaña del dios Caníbal, o que empiece ya la que sigue, El Engendro mecánico… ¡Esa sí que debe estar buena! Para morirse de miedo y quedarse bieen pegado. En una de ésas hasta ligo un beso y todo… ¡Qué macana esperar!… Hablando de engendro… El que es un engendro es el bailarín éste… ¡Si serás ridículo Jhon Tresvueltas! ¡Podría terminar ahora mismo! ¿No? Puff, qué pesadilla. Vaamos Cacho, hacéte un esfuercito y que termine antes… ¡Ojalá se le corte la cinta!
- ¡Uy! ¿Qué pasó?
- No sé…
- ¡Está oscuro! ¡Tengo miedo!
- Achicá el pánico. Agarráte de mí…
- Ahí vuelve…
- ¿Qué vuelve? La pantalla ahora se puso en blanco…
- Se habrá cortado la cinta…
- ¡Qué la arregle!
- Eso tarda un montón me dijo mi tío que sabe de ésto…
En la sala del cine Magestic se oyen silbidos, desde las butacas del gallinero. Se suman chiflidos, ya de todas partes. Quejas, exabruptos y algún que otro improperio a la madre del señor de la cabina de proyección, Cacho, el operador. El muchacho que vende golosinas, viendo la oportunidad de hacer negocio durante el inesperado intervalo, sale con su bandeja a ofrecer su mercancía. En eso, un grandote de la segunda fila, que grita barbaridades lo empuja, con tal mala suerte que el vendedor cae en la alfombra y su bandeja sale revoleada creando una nube de cosas dulces, como caídas de una piñata, que se esparcen por doquier. El piso es un reguero de caramelos, paquetes de pastillas, turrones, confites Sugus, pochoclos con o sin bolsita, latas de gaseosas, que a modo de perdigones son utilizados como proyectiles. Gritos, seguidos de insultos se escuchan en medio de la confusión y un creciente zapateo que hace retumbar las paredes en efecto sensorround. Dos señoras muy paquetas, se levantan y se van con el vestido chorreado de los helados que le cayeron de la super. Hasta una botella de Coca Cola de vidrio grande, que no se sabe de dónde salió, termina estrellándose en la pantalla, en la que sólo una lluvia sonora, inanimada, aprovecha su única oportunidad de ser estrella. Mauricio agarra lo que encuentra y lo arroja hacia los de más adelante, que no paran de atacar. Juan saca el rulero que guarda en el bolsillo del bleizer, al que le tiene adosado un globo y comienza a arrojar venenitos, a diestra y siniestra…
¡Qué haces tarado! ¡Casi me sacás un ojo! grita Mauricio. ¡Tarado tu madrina! ¿Qué te pasa? ¡Maricón! ¿Quién yo? ¡Vení para acá y vas a ver…!
La sombra fugaz de Natalia, se levanta del asiento. Cual un ánima se desplaza por el pasillo, esquivando trompadas, butacas lanzadas al aire y algún que otro escupitajo. Sin mirar atrás, impertérrita busca la salida. Sin prisa ni espanto, pensando que seguro John, su amado John, jamás haría algo así…