El misterioso caso de Palermo Viejo
Mi nombre es Richard, aunque eso poco importa. Quien se entere de estos hechos que voy a narrar pensará, tal vez, aunque no lo diga, que mi delirio ha tomado dimensiones insospechadas, pero lo cierto es que puedo probar todo lo que digo y a cualquiera que piense que estoy loco lo invito a que vea las fotos que aún conservo en mi poder.
Por aquel entonces recién me había mudado a Palermo Viejo. El pequeño departamento con un antiguo balcón francés daba la calle, y por las tardes, entre los edificios se podía apreciar el pulmón verde de los Bosques. Un poco más allá, agudizando la lente, se asomaba un mínimo recorte del río y algún que otro velero. Siempre viví en casa de departamentos, en lo posible alto y que tuviera una vista que me pudiera permitir llevar a cabo la parte que más me gusta de mi profesión. Hace años que me dedico a la fotografía, y en aquel momento trabajaba para una empresa de fiestas y eventos. Pero, por supuesto, como cualquier fotógrafo que se precie, me fascina captar aquello que casi nadie puede ver, el instante insólito, un gesto, ese costado oculto de las cosas y lo que dura sólo los segundos que puede llevar apretar un disparador.
Como decía antes, fue en 1985 cuando me mudé a aquel barrio. Nunca fui de comunicarme demasiado con la gente, más bien peco de gato solitario. Lord Byron solía decir Sólo salgo para renovar la necesidad de estar sólo. Ese soy yo. Por aquella época tal vez era más ermitaño. Al día siguiente de haberme mudado, me enteré de la existencia de un hombre del que todo el mundo hablaba. Recuerdo que subí al ascensor en el que iban unas vecinas, chancletudas las dos, pañuelo colorido y ruleros, que parecían hermanas. Aunque, luego escuchándolas, me enteré que no lo eran. La de ojos más saltones dijo: – ¿Se ha enterado doña Juana lo del hombre ése que se quiere suicidar? La otra, arqueando las cejas ligeramente respondió – No, doña Cata en verdá, según me contaron, él dice que por más que se tire de lo alto no le va a pasar nada… ¡Muy raro! ¿No le parece? Y agregó con una miradita pícara – Pero por las dudas no me lo voy a perder…- Chusmerío barato pensé, mientras abría la puerta para que salieran primero las viejas. Grande fue mi sorpresa cuando al volver, el mismísimo portero, Don Ceferino, algo parco pero con un mote de serio, me hizo el comentario, al tiempo que manguereaba, afanosamente, la vereda. – Parece que tenemos novedades en el barrio…
-¿Ah, sí? No sé a qué se refiere -contesté con desgano, pero mirándolo a la cara para no ser descortés.
Ahí mismo, en menos de dos palabras completó un relato, del que por supuesto no creí un ápice, aunque no puedo negar que desde ese preciso instante el bicho de la curiosidad comenzó a devorarme.
Al parecer se trataba de un vecino que vivía en el edificio en diagonal al nuestro. El hombre decía cosas descabelladas como haber descubierto la fórmula de la inmortalidad. Lo más audaz era que aseguraba que cualquiera podría lograr semejante capacidad. Según don Ceferino, el hombre no tendría más de cuarenta años, a pesar que, según él, sabía que el tipo rondaría los sesenta y pico. ¡Barbaridades! pensé. Un pobre infeliz, que no se metía con nadie. Salvo en ocasiones excepcionales. Imagínese, continuó el encargado con tono enigmático -que estando en el supermercado, por ejemplo, él está al lado suyo y de repente se da vuelta y comienza a hablarle y aconsejarle sobre el problema que a usted lo viene atormentando últimamente. ¡Puede creerlo! ¡Locuras de la gente! pensé. ¡Chismes baratos! Hastá aquí todo iba bien. La parte más escabrosa del asunto se suscitó cuando me comentó que al día siguiente iba a demostrarle a todos, que lo suyo no era pura fantasía. El método, tal vez poco ortodoxo, consistiría en arrojarse desde el balcón de su departamento en un décimo piso. -¿Sábe algo más? Entre nosotros, él me aseguró que sale vivo… ¿Qué opina? clavándome los ojos con las manos apoyadas en el palo de la escoba. Obvio, al escuchar semejante historia lo miré como si en vez de ver a Don Ceferino, fuera un marciano el que se dedicaba a baldear la vereda. Hasta que, sin querer, me salió una risa estertórea. Así que no lo cree, vamos a ver mañana, vamos a ver… repitió en capicúa, meneando la cabeza. Casi le pregunto si me había visto cara de estúpido o me estaba tomando el pelo, pero preferí ser prudente y le dije que me parecía una locura y que tal vez se trataría de algún desquiciado de esos que no faltan nunca. A Don Ceferino, no le causó mucha gracia mi respuesta he hizo un mohín, encogiéndose de hombros y continuó en lo suyo. Me pareció extraño que este hombre diera tanto crédito a semejante historia. No lo voy a negar, hasta dudé de su estado mental. Recuerdo que mientras subía por el ascensor, no dejé de apenarme por la gente en general. La magnitud de la crisis los iba llevando a todos a tristes estados de fabulación crónica. Volví a mi departamento y el tema duró en mi mente hasta que traspuse la puerta de entrada al living. Juro que ese día no pensé siquiera una vez en el asunto, ni en el hombre. A la mañana siguiente, salí corriendo de casa. Iba retrasado para una entrevista. Hasta hoy tengo el recuerdo de la sonrisa del tipo, que en mi apuro, me llevé por delante. Alto, de aspecto nórdico. –Disculpe- le dije, casi torpemente. Una mirada lúcida me atravesó como un láser, y sonrió sin demostrar importancia por mi arrebato. Seguí caminando, sin volver la vista atrás, pero enseguida supe que era él. No me pregunten cómo. Me quedé con la sensación de que, en los breves segundos que duró el encuentro, algo me transmitió y no con palabras. Aunque yo también pude haberlo imaginado… No era de creer en nada que no viera. Por eso, en la tarde me aposté en mi balcón, prismáticos en mano, diez minutos antes de las cinco. Preparé el teleobjetivo, y ajusté el lente de la Nikon que usaba en aquellos tiempos. Por momentos me preguntaba qué estaba haciendo ahí, atacado por un rapto de morbosidad. Observar a alguien que iría a arrollarse contra la acera no era de mentes sanas. ¿Pero… y si era verdad? De no haberlo cruzado esa misma mañana, tal vez jamás hubiera estado allí, sentado y esperando con mi cámara. Un desconocido impulso se había adueñado de mí y deseaba fotografiar el instante preciso de la caída…
¡Todo esto es un delirio! me dije, poco antes de que el reloj diera las cinco de la tarde, hora en que el infortunado había prefijado para su hazaña, sin embargo no dejé mi lugar. En la calle se había congregado una multitud y por supuesto varios medios de comunicación. Los de Crónica TV no faltaron y un camión del Canal Trece estacionado justo en la entrada de nuestro edificio. Un señor gordo, uniformado con un altoparlante y la brigada especial para estos casos intentaban convencerlo para que desistiera. A pesar de todo, el hombre ya estaba allí, parado en el bordecito del balcón y con su sonrisa infaltable. Llegaron tarde, me dije. La gente entre gritos y silbidos se mostraba inquieta. Cerca de la esquina, don Ceferino, más atrás, las viejas que iban empujando para avanzar. Por ahí asomaban otras caras que me parecían conocidas. Cuando lo vi que comenzaba a moverse, me acomodé. Sí, no les voy a negar que estaba nervioso. Un escozor frío, casi eléctrico me corría por el cuerpo, pero los años de práctica de la profesión me habían enseñado a obtener fotos, aun bajo condiciones emocionales desfavorables. Tal vez, ustedes se preguntarán por qué estaba yo tan nervioso, siendo que si bien podía ser testigo de un suicidio, el hombre me era por completo extraño. A la vez, y esto me da cierta timidez confesarlo, había algo que, intempestivamente me había comenzado a acercar a él. Un sentimiento, si es que cabe la palabra, que hasta hoy no puedo explicar y que había empezado a asaltarme desde que me lo choqué en la mañana. Tal vez, admiración. No, no por el valor (ligado con la demencia) que parecía demostrar. Ser consecuente con uno mismo no es fácil. En ese entonces, yo me sentía un fracasado e incapaz de enfrentarme a mí mismo para asumir la verdad en muchos aspectos de mi vida de aquellos años. Aspectos que no detallaré porque forman parte de mi privacidad. Así como tampoco me encontraba de acuerdo en cómo funcionaban muchas cosas en esta sociedad El miedo suele ser más fuerte. Seguía como una oveja, acatando para no perder mi empleo, a veces desatendiendo mis principios, debo confesarlo. Ahí estaba, ese desconocido, que aunque a la vista de todos no podría atribuírsele gran cordura por su actuar, parecía ser fiel a lo que él creía. Admito que me había dado vuelta la cabeza el incidente, y debo decir, casi como un testimonio, que sé que algo sucedió en mi vida desde aquel momento. No puedo asegurar qué con exactitud. Pero todo se me trastocó y desde aquel día ya no soy el mismo. Conservo las fotos, un poco amarillentas por el paso del tiempo, que tomé en los escasos minutos que duró el suceso, junto al recorte de la noticia en el diario que dice: Ayer por la tarde, multitud de vecinos del barrio de Palermo Viejo fueron testigos de un hecho increíble. Un hombre se arrojó desde el balcón de un décimo piso, en la intersección de las calles Guatemala y Honduras, de dicho barrio capitalino, al parecer con la intención de cometer un suicidio. Aún se desconocen los pormenores del caso y las intenciones del protagonista del hecho, un hombre de mediana edad. El sujeto fue sometido a un extenso interrogatorio por parte de las autoridades, después de comprobarse que sólo habría sufrido lesiones leves. Se le han practicado numerosos estudios para corroborar su estado de salud, tanto física como mental. El último parte de esta mañana indica que se encuentra en excelente estado. Los expertos no se explican cómo ha sobrevivido a la caída. Varios especialistas habrán de estudiar el caso ya que no existe antecedente de un hecho semejante, ni explicación alguna desde la ciencia. “Clarín”, 28 de Octubre de 1985.
En estas fotos se puede ver su rostro. ¿Ven? Su mirada parecía estar en calma al momento de lanzarse. Increíble ¿verdad? Aquí hay otras, donde se levanta después del caer estrepitoso sobre el asfalto. Se le ven apenas unos raspones en la cara. Según me contaron después, los cortes en el rostro y los brazos duraron tan sólo unos minutos. Ante los ojos de todos los presentes se le iban cerrando. Y estas otras, juro que no se las he mostrado a nadie porque develaría su secreto. Son una serie que he tomado mientras iba cayendo, atravesando el vacío. Es que en ellas puede verse, casi como una sombra pálida, el recorte de unas alas.