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Sincronía

Como un espacio anidado fuera del tiempo, se abre éste Portal. Puente hacia las múltiples dimensiones de las Palabras. En remolinos tántricos se enroscan, se  liberan y vuelan por el espacio infinito. Caen como lluvia hasta acordonarse en un órden sincrónico, simple, lúdico. Poderosas, ellas, las palabras, intentan perpetuarse. Saltan del vientre cósmico para danzar y ser.

Aunque nadie lo crea, ellas son las madres de la ilusión. En una última etapa, se acentúan, reclaman lo que ya les pertenece y crean en la linea de  universos paralelos, un nuevo reflejo de éste mundo.

Los enamorados de Verona

«El hombre en su esencia no debe ser esclavo,

ni de si mismo ni de los otros, sino un amante.

Su único fin está en el amor.»

Rabindranath Tagore

Enredada en los hombros de mi amado, en un abrazo interminable me adormezco. Perduro pegada como una sombra a su piel fría, de mármol, que entibio con pasión en mis sueños. Él, que todo lo ve a través de mis ojos, respira también por mis poros. Somos como el cauce y el agua del río, él me sostiene yo lo alimento. A simple vista parecemos uno solo, verde, esponjoso, de ramas entretejidas en formas arquitectónicas y redondeadas en las que las manos del hombre poco tienen que ver. A simple vista, no se distingue dónde termina su cuerpo y dónde comienza el mío.

Mi balcón, mi enamorado y yo conservamos una historia. En nuestra intimidad llevamos un secreto y fuimos testigos, sin querer, de las veladas de aquellos amantes prohibidos. La mayoría supone que aquella noche, la del juramento de amor eterno, fue la última. Se equivocan. Hasta hay quienes sospechan que todo sea irreal y que la historia sólo pertenezca a la prolífica imaginación de un notable hombre de letras. Nosotros conocemos la verdad.

Enamorada del muro me dicen. Me confunden con mi prima segunda, la hiedra, pero yo no soy de aquí. Quiero decir, mi origen está en otro lugar, otro universo. ¿Que cómo llegué aquí? Eso es parte de mi secreto, tal vez algún día, si tengo ganas les contaré. Me causa gracia la manera en que el humano me definiría si supiera que vengo de otra parte. Es que ellos creen que todos llegamos en naves voladoras. Si tan sólo supieran que ninguna especie animal pertenece a este planeta… Pero, claro, cómo podrían averiguarlo, si no entienden su lenguaje. Ellos, los enamorados que poblaron mi balcón, tampoco eran de aquí.

Cada otoño mis hojas se desvanecen, se esfuman llevándose algo de mí, pero no mis siglos ni la memoria que no me falla e intacta evoca, cada tanto, aquellos besos furtivos que ensayo con mi amado, en sueños. Un anhelo enciende mi corazón cada amanecer y mi savia vibra desde hace tanto. Aunque el pueblo y la gente ya no sea la misma, ni siquiera mi voz y esta manera moderna de hablar que he adquirido a través de los años.

Aún tengo presente su expresión en aquella madrugada lejana. Cuando lo ví llegar, tímido y vacilante, un trueno sacudió los cimientos y entonces supuse que nada sería lo mismo en esta casa. La sensación se acrecentó cuando los observé juntos por primera vez y una música funesta, aletargada como un quejido, se oyó a lo lejos. Cuando se encontraban, nada podía perturbarlos y en menos de un segundo el resto del mundo era el reflejo de un suspiro.

Él, rubio, enjuto y delgado, de mirada ardiente, brillaba como un adonis sobre su montura. Muchos fuimos testigos del sentimiento que nació cual brisa pura en la mañana. Refulgente como el sol que enmudece los ojos. Ella, mi niña, comenzaba con un modesto temblor, casi imperceptible, al aproximarse el momento del encuentro, que lo disimulaba mientras mordía, casi con desdén, un bucle rojo. Sus mejillas, encendidas como nunca, efecto que se desvanecía con el correr de las horas, tras la ausencia. A pesar de la felicidad de los amantes, mis días se iban opacando, nublados por un presagio oscuro, casi profético, que se me había ido instaurando de a poco, como una astilla clavándose más profundo por adentro.

En estos días, ni siquiera los gondoleros han conservado ese espíritu. Ahora trabajan para los visitantes.  Antes su canto era un arte, como el pájaro que celebra las horas del día. Nada es lo mismo, ni el río, ni la gente, ni el pueblo que ahora lo llaman ciudad. Venecia también se ha poblado de extrañas figuras que inundan las calles, ávidos de no sé qué.

Aquí, en mi Verona natal, muy pocos son los que llegan y perciben la magia del lugar. La remanencia de aquellas presencias, está en el aire todavía y se les mete en la sangre por un rato y los hace estremecer. Enternecidos se abrazan y besan tomados de la mano sobre el empedrado. Siempre y cuando lo que los motive sea genuino. Y esto último valga un acento. De otra manera, un leve escozor los rozará y pasarán de largo, sin darse cuenta, como quien pasa por la vida y nunca se entera qué le ha sucedido.

Más de uno llega distraído pero enseguida percibe el entorno. Un golpe seco y la caricia del aire que los deja alelados. Se les nota en los ojos ese brillo especial. Es una especie de código que sólo pueden descifrar quienes son capaces de vulnerarse al amor. Sino lo conoces, nunca te enterarás de que existe y no comprenderás de qué se trata. Como si yo me pusiese a disertar sobre la montaña y sus nieves sempiternas. ¿Qué puedo saber yo de eso, que no he salido de al lado de mi amado? Aunque, algo sé, gracias a la lluvia, que es curiosa, se mete por todos lados, luego viene y me cuenta. Entre nosotros, ella fue la que me ayudó a que esta historia fuera escrita y no se perdiera. La que inspiró al poeta en sus noches de insomnio, golpeando cansina y rítmicamente contra los muros de su alcoba.

Todo sucedió así, tan real, tan efímero. Por supuesto, sus nombres no fueron aquellos con los que se hizo famosa la tragedia. Ni tampoco trascendieron otros detalles como el hecho  de que ellos podían entender el lenguaje de las golondrinas. Es que el escritor obvió un fragmento de la verdad, por dos motivos, a mi entender bastante comprensibles: uno, porque lo atribuyó a su veleidosa fantasía. El otro, por un temor acérrimo a que lo tomaran por lunático.

Los días previos al desenlace transcurrieron raudos, como el instante mismo antes de la muerte. Aunque sea una palabra que no me gusta, debo usarla. Mi amado dice que exagero, pero no sé qué es la muerte. Renacer es el único sentido que encuentro a esta existencia. He perecido sí, ante el flagelo del tiempo. Pero siempre un retoño ínfimo, minúsculo, escondido entre las sombras de las vísceras de mi muro, vuelve con toda la fuerza, dando cuenta del misterio de la vida. Un misterio que el humano todavía no ha sido capaz de develar. Por eso nunca me he ido del todo, como ellos…

Por estos días tenemos un viejo cuidador, un poco cascarrabias el hombre, cuyo único entretenimiento consiste en recortarme con una tijera gigante y luego acomodar mis hojas. Él no entiende de mi amor, y se empeña en dejarme prolija en los bordes, para que los extraños se lleven una bonita impresión del balcón de los enamorados, dice.

La leyenda, si es que puede llamarse así, ha trascendido las fronteras de mi tierra, lo sé. Los detalles que aquí develo los he guardado para mí, hasta hoy, pero considero que ya es tiempo.

Ellos están aquí.

Sé que nadie puede verlos más que yo. Bueno, mi amado y yo. Y el pordiosero que se sienta a los pies de la estatua, el pobre tampoco es de acá. El también los ve. Nadie le cree porque hace años lo dieron por loco.

Ella, mi niña, me despierta cada mañana con su risa etérea. Acaricia mis hojas y me observa. Cuando él llega, radiante como un ángel, la toma de la mano y se van flotando en el viento. No se alejan demasiado. Llegan hasta alguna nube y pasean sobre el río, en nube. Los besos que se dan, caen como gotas de rocío, diminutas, incesantes sobre los recién llegados. Son esos besos los que perduran, eternamente, en los enamorados.

Berenice

Berenice

El día que llegué de Clorinda a Cuatrocasa, lo ví por primera vez.

Mañanita de verano. Fresca. Una nube polvorienta nos recibió. Bajé del vagón apretando fuerte la manivela de mi valija de cartón. Imaginesé, como si pesara taanto. Meneándome un poco, miré hacia un lado y otro, haciendo de cuenta que esperaba a alguien. Avancé. Una reina delante de sus narices. Me hice la distraída pa´ no alentarle esperanzas. Ensequidita supe del tipo que era. Mi olfato no me engañó. Este es sabueso al acecho, me dije. Se lo veía apocado. Manso, pero nada tonto. Erguido como mástil con sus crines amarillas al viento. Atento a la movida e la presa.

Me dije Berenis, ahí lo tenés. Seguro cae como chorlito…

Llegué como dios me trajo al mundo a éste poblao maldito, vió ña Matilda. Así y todo no me puedo quejar. El Veinte Ninfas se portó conmigo. Anque la tuve que peliar. Veníamos espantados por el hambre, e íbamos cayendo pa éste lado. Allá, por lo menos se come, se decía.

Tuve suerte. Me pusieron al mando de la victrola. Al tantito que empecé en el boliche se apareció. Entró timidón. Algo asustadizo, diría. Esa vez más peinao. ¡Hasta bañado y todo! Un lujo por estos lados. Usté sabrá…

Esperé un laargo rato. Se vé que no se animó de entrada. Hasta que le entró a unos cuáaantos tragos…

Yo seguía en lo mío. Meeta victrola y foxtros.

Fijesé, cuando sonaba «Titina», se levantó de la silla.

Berenis, me dije, ahí viene. Me acomodé la enagua, pegada al espinazo. La tranpiración vió, por la peluca. Es que antes de llegá me habían pelao… Me via agarrado el bicho del pelo.

¿Qué me mira? No se haga ilusiones. Éste es cabello propio, de mí misma…

Como iba diciendo, él chambergo entre manos, venía avanzando. Pedía permiso. Hasta que se oyó la vocecita. Era un tembleque. Se vé por lo que había tomado.

Me hice un poco la sorda y repitió. -Linda, oigamé -

-¿Si?- me di vuelta. ¡Ni que no lo hubiera visto!

- Una buena moza  como usté, ¿solita?

No contesté.

Entonces, dijo, acá el Cecilio Aros, la va acompañar, si me permite… Y le siguió entrando a la caña. No tardó mucho en quererme pa´l casorio. Eso ya cuando le daba al anís.

- Ande. En el monte tengo vaca, bayo y casita pa´ nuestro nido. –

Le brillaba la mirada. Píicara, más azulada bajo la penumbra del Veinte Ninfas.

Imaginesé, era lo que más quería. Peero, había que simular. Usté sabe. Hay que negarse un poco. Cuanto más se retoba una, máas se entusiasman. ¡Ni se la hice fácil! Rato y rato pá convencerme. Ya se le habían puesto rojos los cachetes y él seguia con el bla bla. No se cuánto ‘e los pajaritos. La voz iba pantinandoselé. No  le entendí, pa`qué le via mentir, pero me causó gracia y me le reí. El, convencido, ya le digo, no sé de qué, salió dando tumbos.

Por unos días, ni el pelo le ví.

Hasta que llegó el sábado y se apareció con una plumita en la mano. Había cazado unos pajaritos pa nuestro nidito, según dijo. Desde ése día no me le separé nunca. Ya llevamos má de dos años juntitos. Sabe una cosa, le via contar una intimidá. Cada mañana tempranito, antes de ir al monte, me da un beso en la frente. Yo me le hago la dormida, pero lo escucho y le juro que no hay amor más grande que el de ese hombre.

Nota de la autora:

Éste cuento está basado en el primer capítulo/cuento del libro “Cuatrocasas” de Eduardo Mignona, en el cual el protagonista, Cecilio Aros, quiere conquistar a Berenice, la reina del Veinte Ninfas, burdel  de un pueblo, casi fantasma que es Cuatrocasas, y donde relata su desventura al querer capturar a los pájaros que le había prometido a la muchacha como prueba de su amor. En éste relato, con mi autoría Berenice toma la palabra. Esto, sin ánimo, siquiera, de intentar alcanzar los talones del escritor.

Tarde de cine continuado

 

Tres y veinticinco de la tarde. Viernes, y la fiebre del sábado por la noche se adelanta en la sala del cine Magestic de Villa Ballester. Juan, Natalia y Mauricio no son los únicos espectadores. Mauricio, ansioso por que empiece la función, cuida que no se le ensucien los pantalones pata de elefante con el bombón helado. Juan, con el bleizer sobre las piernas, apoya los mocasines en el respaldo del asiento vacío de la fila de adelante y Naty, acalorada, sacude su camisola de bambula y se acomoda los rulos de la permanente que se hizo cuando cumplió los quince, la semana pasada. Mientras tanto Tony Manero, sueña con hacerse famoso y otros sueñan con él.

¡No, no puede ser! reniega Naty para sus adentros. Obnubilada sigue al chico que se contonea en la pista de baile de la pantalla del cine. ¡No puede ser! ¡Esos ojos me derriten! ¡Me desarman! ¡Es perfecto! ¿Le gustaré? Tengo que adelgazar un poco, un par de kilos nada más. Porque se ve que le gustan las flacas. A la gordita no le pasa ni bola. Y eso que lo persigue… ¡Ahi es cuando ganan el concurso…! ¡Eso es! Anotarme en algún concurso de baile. Sobre todo donde el premio sea dinero y así junto la plata. ¡Sí! Cuando cumpla los dieciocho me voy a ir a buscarlo a USA. Lo caso, me caso. ¿Los pasos? Tengo que aprenderlos mejor… ¡Ay! Y cómo mueve la cadera… ¡qué bien… le salen…! Ya va la quinta y todavía me faltan algunos giros por sacar… ¿O la sexta? No sé, perdí la cuenta… Es que John me hace perder la memoria… ¡Práctica! ¡Más práctica! ¡Así no voy a ningún lado! ¡Por qué no me los aprenderé de una vez! Le voy a decir a la vieja, menos baile clásico y más jazz. ¡Sí! Seguro que si aprendo a bailar bien se va a fijar en mí… A ella no le va a disgustar la idea. ¡Quien no querría tener un yerno así! Tengo que juntar para el pasaje y allá veo. Total enseguida voy a encontrar algo de trabajo. ¡Por vos todo mi Jonh, por vos todo! Nadie me cree cuando lo digo. ¡Lo voy a ir a buscar! ¡Sé que mamá me va a apoyar! Es que si no lo hago me muero. ¿Será posible morir de amor? ¡Después, me lo traigo a Buenos Aires y que viva con nosotros! Total la casa es grande y hay cuartos de sobra… La vieja seguro que va a ofrecerse para enseñarle el tango, como le gusta a ella. Ya la veo con su pollerita de cuero negro haciendo el dos por cuatro en el living… ¿Y si a él le gusta más la milonga que otra cosa? Mejor me lo llevo para otro lado. A algún lugar que lo tenga para mí solita. O me quedo en Hollywood. O donde sea pero con él. Aunque extrañe un poco el barrio, la Cindor y a las chicas… Mmm. ¿Si encuentro uno que baile tan bien como él tal vez ni necesite irme? Mauri está churro también, y baila… No sé qué le pasa últimamente. Me trata diferente. Yo le dije que John es el amor de mi vida. ¡Para que le quede claro! Sin embargo, cuando me agarra la mano para bailar lo hace con suavidad. No es como otros… El peinado que se hizo últimamente ¿Lo hará para parecerse a él y que yo le de una oportunidad? ¿Y si en cualquier momento me dice que está muerto conmigo? ¿Qué hago? ¡Ay, qué desastre! Lo tendré que pensar…

En el asiento de la derecha, Mauricio está inquieto. Se acomoda hacia un lado y a otro. Le encantaría estar ahí, en la pista, bajo las luces, manteniéndose vivo, en el incesante juego de la noche y la música. Ese juego secreto y sagrado, a lo Travolta, que a veces, juega ante el espejo, con luz tenue en su cuarto y que posee el poder único de secar sus lágrimas. -¿Algún día podré lograr que me mire? ¿Es que no se dá cuenta? El tiene ojos para ella, nada más. Ella en cambio, no para él precisamente… Cree que haciéndose el interesante se la va a ganar. Nunca. Así, nunca. Yo puedo demostrarle que no y sin embargo ella no me interesa. ¿Juan no te das cuenta? ¿O es que también voy a tener que tirarme del puente, como en la peli, para que me tomes en serio?

Juan, quietito y serio, mira a la pantalla del cine Magestic como a través de una ventana. Está lejos, casi más que el hilo de sus pensamientos. De vez en cuando tuerce la mirada a un costado. Cierra los ojos. Husmea y suspira por el aroma del perfume de Natalia. Al abrirlos nuevamente se encuentra con la mirada inquisidora de Mauricio. ¿Y éste qué me mira? ¿Te debo algo loco? masculla y le hace un gesto con la mano al amigo -¡Shh! dice Naty. Vuelve a acomodarse en el asiento. ¿Qué hago acá viendo esta idiotez? Típica del flaquito que se hace el piola… ¿Por qué no habremos ido a ver alguna de las otras? La del afiche de los ojitos en la colina… O La Montaña del dios Caníbal, o que empiece ya la que sigue, El Engendro mecánico… ¡Esa sí que debe estar buena! Para morirse de miedo y quedarse bieen pegado. En una de ésas hasta ligo un beso y todo… ¡Qué macana esperar!… Hablando de engendro… El que es un engendro es el bailarín éste… ¡Si serás ridículo Jhon Tresvueltas! ¡Podría terminar ahora mismo! ¿No? Puff, qué pesadilla. Vaamos Cacho, hacéte un esfuercito y que termine antes… ¡Ojalá se le corte la cinta!

- ¡Uy! ¿Qué pasó?

- No sé…

- ¡Está oscuro! ¡Tengo miedo!

- Achicá el pánico. Agarráte de mí…

- Ahí vuelve…

- ¿Qué vuelve? La pantalla ahora se puso en blanco…

- Se habrá cortado la cinta…

- ¡Qué la arregle!

- Eso tarda un montón me dijo mi tío que sabe de ésto…

 

En la sala del cine Magestic se oyen silbidos, desde las butacas del gallinero. Se suman chiflidos, ya de todas partes. Quejas, exabruptos y algún que otro improperio a la madre del señor de la cabina de proyección, Cacho, el operador. El muchacho que vende golosinas, viendo la oportunidad de hacer negocio durante el inesperado intervalo, sale con su bandeja a ofrecer su mercancía. En eso, un grandote de la segunda fila, que grita barbaridades lo empuja, con tal mala suerte que el vendedor cae en la alfombra y su bandeja sale revoleada creando una nube de cosas dulces, como caídas de una piñata, que se esparcen por doquier. El piso es un reguero de caramelos, paquetes de pastillas, turrones, confites Sugus, pochoclos con o sin bolsita, latas de gaseosas, que a modo de perdigones son utilizados como proyectiles. Gritos, seguidos de insultos se escuchan en medio de la confusión y un creciente zapateo que hace retumbar las paredes en efecto sensorround. Dos señoras muy paquetas, se levantan y se van con el vestido chorreado de los helados que le cayeron de la super. Hasta una botella de Coca Cola de vidrio grande, que no se sabe de dónde salió, termina estrellándose en la pantalla, en la que sólo una lluvia sonora, inanimada, aprovecha su única oportunidad de ser estrella. Mauricio agarra lo que encuentra y lo arroja hacia los de más adelante, que no paran de atacar. Juan saca el rulero que guarda en el bolsillo del bleizer, al que le tiene adosado un globo y comienza a arrojar venenitos, a diestra y siniestra…

¡Qué haces tarado! ¡Casi me sacás un ojo! grita Mauricio. ¡Tarado tu madrina! ¿Qué te pasa? ¡Maricón! ¿Quién yo? ¡Vení para acá y vas a ver…!

 

La sombra fugaz de Natalia, se levanta del asiento. Cual un ánima se desplaza por el pasillo, esquivando trompadas, butacas lanzadas al aire y algún que otro escupitajo. Sin mirar atrás, impertérrita busca la salida. Sin prisa ni espanto, pensando que seguro John, su amado John, jamás haría algo así…

TATITA

Tatita

Uno no se conoce a sí mismo hasta que atrapa el reflejo

de otros ojos que no sean humanos.-

Loren Eiseley (antropólogo)

La llegada

El viaje a la Pampa vaya si nos cambió la vida.

Nunca imaginé que la visita a la hacienda de Tia Juana contribuyera aun más al crecimiento de nuestra familia, por entonces ya numerosa. Cuando Tatita llegó a nuestra casa ni siquiera vislumbrábamos lo que se traería bajo el poncho de plumas…

En eso siempre nos distinguimos de nuestros vecinos, que solían mirarnos con un dejo de desconfianza. Además de perro y gato, como Dios manda, en casa contábamos en ese entonces con un lagarto overo, iguana, un jaulón con pájaros de distinta extirpe, tortuga y una cotorra muy mañosa que, por caprichos de Matilde, mi hija menor, andaba paseando sus patitas sobre la alfombra del comedor y empeñada en adueñarse de la sala de estar.

Hasta allí podía ser tolerable.

La complicidad entre Matilde y Belisario, mi esposo, para convertir a nuestra tranquila morada en un refugio para todo tipo de bestia salvaje llegó al colmo cuando a mi niña le atacó el síndrome de Harry Potter. Fue un temor que en mi se suscitó desde ésa vez que vimos la primera de la saga.

Como dicen, todo lo que uno teme termina convirtiendose en realidad.

En aquel verano decidimos pasar unos dias en la Estancia de mi Tia Juana, donde Matilde, Lila, la mayor y Belisario desaparecían, apenas pasado el desayuno. Se lanzaban por el campo en interminables excursiones a pie, o en cabalgatas desmesuradas que me sacaban de quicio. A veces los acompañaba, por un rato. Nunca tuve tanta pasión por la vida natural. Prefería, entonces, quedarme en la hacienda con la tía, que se desvivía por darme las últimas recetas de dulces caseros y postres exóticos con frutos del lugar.

Lila lo había comentado en el auto, de viaje a la Estancia. Casi quedó confirmado el asunto la mañana que, pasando por la habitación donde dormían mis hijas,  escuché, al desliz, una extraña conversación.

- ¿Cómo podés pensar en brujas? Esas son ideas del medioevo nena. La ciencia hoy día está muy lejos de toda esa fruslería.

- ¡Ay! ¡La ciencia, la ciencia! Bastante tengo con la escuela para que me vengas a hablar de ciencia y de… Oíme ¿qué tiene que ver la frutería en todo esto?

- Fruslería, uf… ¡Para qué te voy a explicar!

- Sí mejor, no me expliques. ¡Ya vas a ver cuando la tenga y me convierta en una poderosa hechicera! Buuu… Mmm gato negro ya tengo, sapos tengo, en el jardín…

- Nena, esas películas te están afectando muy mal… exclamó Lila convencida.

A lo que Mati, ni corta ni perezosa respondió – ¿Y a vos? La facu y tu ciencia te están lavando el cerebro…

- Si claaro, porque tener una lechuza es algo muuy normal…

¿Lechuza? Repetí para mis adentros.

- Hola, ¿Interrumpo? dije, ingresando a su cuarto de sopetón.

-Chicas, son las once. ¿Hoy no piensan desayunar?

-Si, ya vaaamos, me contestaron al unísono, todavía con las sábanas hasta el cuello.

Miré el desorden de la habitación y me resigné al pueril desgano que asedia a la juventud de nuestros tiempos.

Tatita llegó esa misma tarde.

Después de un almuerzo frugal un pavoroso cuchicheo se esparció por la casa. Belisario y las chicas iban y venían como fantasmas, hasta que salieron juntos, poco después. Las tres figuras se alejaron a pie por el monte. Literalmente desaparecieron.

Al rato, antes que caiga el sol oí el chirrido de la tranquera. La puerta del comedor se abrió, e instintivamente miré.

Era un bodoque en el que, contenido, asomaban unas plumitas blancuzcas. Distinguí con esfuerzo la cara del bicho.

La actitud sería la misma que tendría por el resto de nuestra convivencia. Escrutándome, con esos ojazos negros, de par en par, abiertos al infinito.

Alguien alcanzó a decir: – ¡Es que estaba solita! Parecía abandonada.¡Pobrecitaa!

Ahí me di cuenta que la criatura venía envuelta en el pulover de Belisario,  y que el mismo la acunaba como un bebé.

- ¡Mirá lo que hiciste con el pulóver nuevo! – agarrándome la cabeza.

-¿No es hermosa? Insistió Lila.

Tia Juana me miró de reojo y se dio cuenta de mi cara.

–     Nené ¡qué importa el pulóver! dijo y largó una sonora carcajada, haciendo temblar el caserón con su panza de globo terráqueo. Luego nos contó la historia de las lechuzas vizcacheras. De cómo, llegada la edad, son echadas del nido por sus padres para que asuman su vida de adultos. A todos se nos hizo un nudo en la garganta.

Tatita había hallado un nuevo hogar. Aunque a mí me dominaba un pálpito.

La visita

La puerta de su casa estaba abierta. El cielo de diamante, encarcelado en el marco de la puerta, atesoraba estrellas. Al trasluz, una figura bajo el dintel. La mujer se adelantó. Un rostro níveo, indefinido se reflejaba bajo la lumbre. La miraba apacible, espectante. Es cierto que no era un ángel, pero podía serlo.

La cabellera, fundida con la noche. Algo que la mujer llevaba en el pecho llamó la atención de Nené. Un brillo metálico, áureo emitía un haz hacia el ambiente. Casi no se podía distinguir su boca. Todo estaba en sus enormes perlas negras. Esos ojos, de par en par, abiertos al infinito.

- ¿Quién sos? Preguntó Nené y se escuchó el silbido del viento.  Se persignó.

- Sabes muy bien quién soy – escuchó en su cabeza.

- Eres…

- Nené, el tiempo es un animal escurridizo…

- ¿Cómo sabes mi nombre?

La mujer del halo parecía sonreir con la mirada.

-       Conozco todo de ti –

-       Es extraño pero tu rostro me suena familiar.

-       En cierta forma es así. Existen múltiples niveles de existencia …

-       ¿Qué es todo esto? ¿A qué viniste?

Un haz dorado creció invadiéndolo todo y la risa se esparció por el aire en un tintineo. En el fondo la música sonaba a violines. La sala se fue fundiendo y, en su lugar, algo similar a una pantalla cinematográfica mostraba una escena. Se trataba de una especie de atelier.

Nené vio a otra Nené. Parada frente a un mural colorido. La “otra” esgrimía el pincel, regodeandose entre los tonos y texturas de la paleta que sostenía en su otra mano, como en las antiguas épocas de estudiante de bellas artes…

- Hay una voz que grita adentro tuyo. La frase resonó con un eco y todo se extinguió volviendo a la habitación.

¿Eres feliz? Preguntó apacible la mujer del halo dorado.

-       ¿Cómo que si soy feliz?

-       ¡Qué pregunta es ésa! ¡Síiiii, soy feliiiiz, soy feliiiiz! ¡Siiiiiii, lo soyyyyy…!

-       ¡Nené, Nenéee, despertáte! ¡Tranquila! No grités más. Es sólo un sueño…la voz de Belisario apaciguándola. Un trueno quebró la madrugada…

Ese fue el primero de mis sueños. A la mañana siguiente, ni bien me levanté fui a ver a la lechuza. Ahí estaba, espectante. Parecía sonreirme con la mirada.

El desenlace

Habíamos vuelto de la estancia, a nuestro ritmo cotidiano. Tatita ya había dejado de ser el centro de atención para todos, menos para mí. Belisario todo el día en el taller mecánico. Las chicas cada una preocupada en sus estudios.

Yo, como siempre, en casa…

Daba la impresión que nada se había salido de su cauce, excepto la presencia de Tatita en el comedor, presencia que todo lo abarcaba a pesar de tratarse de un ave pequeña.

Lo del nombre lo acordamos entre todos en honor a Doña Clodomira, mi suegra, que en paz descanse, con la cual el bicho atesoraba un parecido indiscutible.

Aquel sueño me había dejado perturbada. Más tarde la actitud  del gato me inquietó aún más. Al principio lo vigilaba para que Tatita no se convirtiera en un bocado. La cotorra, en cambio, sabía defendenrse y nuestro viejo felino sucumbía frente a los picotazos.

Tatita, en cambio, era un juguete nuevo. Sobre todo por los sonidos que emitía por las noches. Cierta vez los espié detrás de una cortina. El gato revivía encolerizado frente al palo donde Tatita, inmovil, lo observaba. Hasta que en un momento se quedaba tieso. Miránbase el uno al otro. En un rictus marmóreo permanecían así indefinidamente. Me dio la sensación que entre ellos había un diálogo. En algun momento el michi se alejaba directo al sillón, volviendo a convertirse en ese almohadón redondo que todos adorábamos. Una suerte de ritual que cada día se repetía. Aunque hubiera sido una buena excusa para deshacernos del búho, tuve la certeza de que el gato nunca significaría un peligro real para su vida.

El mismo sueño se fue repitiendo, cada tanto, hasta hacerse cotidiano. Una pesadilla inacabable que me perseguía y me perseguía. Al tiempo, crecía mi perturbación. Belisario hasta se había resignado a mandarme al psicólogo. Se hizo notorio un cambio en mi carácter. Vivía ofuscada, apática, irascible. De la depresión a la euforia en un santiamén. Hubiera jurado que en el momento menos pensado sacaría un alien de mis extrañas.

La casa era una montaña sobre mis hombros, casi una estructura carcelaria. Comencé a observar que si no cocinaba, todos los días, alguien podía hacerlor por mí. El mundo no  caía a pedazos si yo no estaba detrás de la limpieza. Las chicas empezaron a desconcertarse. Ya no las regañaba para que ordenen sus cuartos. Todo se había convertido en un Laissez faire, laissez passer…

Belisario ya empezaba a mirarme con otros ojos. La situación iba tornándose insostenible.

Hasta que una mañana, me desperté con la claridad del día.

Sentí un bienestar inusitado. Me habían vuelto las ganas de vivir.

Mi esposo roncaba, todavía. Pegué un salto de la cama y en un impulso abrí la ventana. No me equivoqué. La ví volando, alejándose. Me pareció que en algún momento se volvió. Sus enormes perlas negras abiertas al infinito brillaban como estrellas.

Apenas saludé.

Al rato, después de un baño perfumado saqué del ropero mi mejor vestido. Usé unos cosméticos de mis hijas para maquillarme y  salí por la puerta de calle.

Ya en la vereda, me cruzé con la vecina de enfrente que me miró de arriba abajo como si hubiera visto al diablo. La saludé y dije – ¡Lindo día! ¿No? Y me alejé hacia los suburbios en busca de un buen atril, un lienzo y algunos pinceles.

El vestido de la abuela

Haz lo necesario para lograr tu más ardiente deseo, y acabarás lográndolo.

Ludwig van Beethoven

Medianoche. El reloj de pared del comedor acaba de dar la última campanada. Herminia Maria de los Angeles Rincón, la última soltera y a escondidas de sus primas, ha venido a la casa de la abuela a probarse, por tercera vez, ese raro vestido de antaño. Parada frente al espejo como la estatua de la libertad, con sus ojos bañados de asombro observa lo que la imagen le devuelve. La lumbre de las velas titilan  al costado de su cabeza. El viejo candelabro, que alza en su mano derecha es la única luz que ha quedado en la casa desde que fue cortado el servicio, poco después que abuela Clotilde dejó este mundo. Una nariz ganchuda y prominente, se rinde ante el espejo. Pero con ese vestido morado sus males parecen doblegarse, como si un exorcismo mudo, pacífico, los espantara. Pestañea un poco y sigue mirando. Los rostros acuosos diluyen sus bordes. Luego como una lente haciendo foco recuperan sus formas. Se alternan, se interponen, se deforman. Una cara tras otra y, cada tanto, es ella y es el vestido.

-¿Qué es éeesto? se pregunta y el corazón a punto de estallarle.

- Tendré que ver que las Flores de Bach no estén vencidas ¿O me estaré volviendo loca?

Ese juego que se habían propuesto más de una vez con Nilda, que no cree en esas cosas pero le gusta probar, por curiosidad. Lo leyeron en el libro del psiquiatra, Weiss, pero nunca les dió resultado.Se dice que si dos se miran a los ojos, bajo una luz tenue, se pueden ver caras de vidas pasadas. Nada de eso ahora. Respira hondo y comienza a tranquilizarse. Un aliento sutil, casi un roce de alivio la recorre y sigue respirando pausado. Otra vez está allí. Más clara. Más que nunca. Desde que se lo puso por primera vez, el día que vinieron las tres a llevarse todo de la casa de la difunta, la vida monótona y tibia se zambulló en la debacle,  como si un duende se estuviera divirtiendo con su destino.  La primera vez no dijo nada. Nadie se dió cuenta. La segunda, fue más notorio pero ninguna se animó a comentar palabra.

- Esta vez, mejor que me apure un poco – dice.

Se arregla el cabello. Guarda algunas chucherías más en el bolso y apaga las velas una a una. El aire huele a incienso en lugar de vela quemada. Se detiene antes de salir y arroja un beso a la nada. Sólo entonces atraviesa la puerta de calle y se va de la casa con el vestido puesto.

-¡Es organza! -  dijo Emilia, la prima mayor el día que lo sacaron del ropero.

-¿Estás segura? preguntó Herminia acariciándose la barbilla con la tela.

- Sí, fijáte, y esto acá se llama drapeado…

- ¡Mirá vos!

- Si habré hecho vestidos en mi vida. ¿Tenés idea cuántos?

- Ni idea…

- Yo tampoco, pero un montón seguro. De novia, madrinas, de quince, que ahora se usan mucho con estas telas antiguas- continuaba Emilia hinchada y soberana en su mundo de la costura, que era de lo que más sabía en la vida.

- ¡Es precioso! Y este color, tan… tan…  ¡provocativo! -  intervino Nilda, la más joven de todas y continuó – ¡No me imaginaba a la abuela usando este tipo de vestidos!-  e hizo un gesto de contoneo con el torso como felino en celo, guiñándole un ojo a Herminia.  Nilda no se parecía en nada a la prima mayor. Más bien, eran extremos opuestos. Pero de lo mismo, como el odio y el amor.

Herminia la miró con esa mueca extravagante, llovida, de comisuras estiradas, donde naso y entrecejo, confundidos, definían una sucesión de montañitas abúlicas y largó una risita tonta, pero Emilia, como de costumbre, saltó como leche hervida.

- ¡Ahí está, otra vez la degenerada!  ¡No te curás más vos, siempre con la croqueta podrida!- y arrancó con el tic del párpado izquierdo que le venía cuando sacaba chispas de enojo.

- ¿Qué dije ahora, qué tiene de malo, ché? – Todas somos de carne y hueso ¿O no? buscando la complicidad de Herminia.  -Acaso pensás que la abuela nunca…-

- Más respeto con la abuela, chee… ¡Que en paz descanse!- dijo santiguándose.

- ¡Uy, yo no sé, pero a veces pareciera que ésta tuvo los cuatro pibes de un repollo! esgrimió Nilda.

- ¡Claro habló la liberada! Taanto diván te está arrrruinando el poco seso que te queda detrás de esa  melenenita colorada- replicó Emilia, al rojo vivo y con el tic a toda velocidad.

Nilda, jugando a la gran Marilyn pelirroja, ya empezaba a acusar la comezón del séptimo año, que, si bien tampoco le daba crédito a la creencia popular, algo le picaba. Un día el profesor de Latin Dance, otro el chico del Videoclub y siempre un alma generosa para aventar su consuelo. Ahogado en la vorágine de papeles de su oficina de seguros, su marido era un típico «workholic», textuales palabras del terapeuta de Nilda, que por cierto, siempre eran sagradas.

Y así comenzaban las peleas con uñas, dientes y trapitos al sol. Riñas breves, pero contundentes de esas que afloran del rencor o del aburrimiento. Festines del cual Herminia, a quien de chiquitita apodaban la Ñata, se mantenía al margen. Se las bancaba porque eran sus primas, porque las quiso siempre. La Ñata, que recién había atravesado la barrera de los cuarenta (edad en que según Dorotea, su amiga tarotista una entraba en algún tipo de crisis por culpa de Urano), no era amiga de esos conventillos.Frente a esas situaciones quedaba más muda que una tapia como si la sangre no le corriera por dentro, hasta que la batalla final barría los últimos despojos y todo volvía a la normalidad.

Esa tarde, mientras el ruido de voces de fondo se acrecentaba, la Ñata comenzó a desvestirse y, tranquila, descolgó la prenda de la percha. Bajó poco a poco el cierre, que estaba duro por la falta de uso y se fue metiendo. Puso un bretel, el otro y la noche se le abrió adentro. Un calorcito, casi cosquilleo, acarició la base  de su columna vertebral. En «in crescendo» ascendió a lo largo de la espalda como una ola tibia, estrellándose contra la nuca. Voces ululantes con un llamado arcaico, casi tribal invadieron sus sentidos, enredadas con las otras, las del pasmoso sonido de la disputa. El vendaval se desplazó feroz por todo el cuerpo y, antes de extinguirse,  salió disparado por la garganta:

- ¡Pero bastaaaaaaaaaaa! ¡Hasta cuáaaando van a seguir con estas pendejadas ustedes! ¡Es que no van a crecer nun..!- y se tapó la boca, sorprendida por sus propias palabras.

En el silencio tórrido, gelatinoso que inundó la tarde de verano, como la pausa de un videoclip, las tres estatuas de hielo comenzaron a derretirse. Al cabo de unos segundos Nilda comenzó con los aplausitos. – Bieenn, bravoo. ¡Es la primera vez en la vida que te veo reaccionar así! Siempre creí que no corría sangre por tus venas primitaaaa- y seguía aplaudiendo. La otra desenfundó la trompa hasta tocar el piso, se cruzó de brazos e hizo mutis, es decir salió de la habitación como un meteorito inflamado, atravesando la atmósfera. Jamás habían presenciado algo tan visceral de esa boca. Esa noche en su cama, hipnotizada con el ventilador de techo, Herminia vislumbraba  un dulzor súbito, desconocido que no le era ajeno.

-¿Y?- preguntó Dorotea ventilando los ojitos de almendra, con sus pestañas alquitranadas, corvadas a la fuerza por el rimmel.

- ¿Y qué? Mmmm, ¿no están un poco húmedas estas galletitas?

- Son así, son de algarroba. Pero, dejá de masticar y contestáme Hermi. ¿Nada más?

-  Crunch, crunch, ¿Qué más querés que te cuente? No están mal…

- Pero contáame, qué pasó, qué hiciste, algo debes haber hecho.

- Nada, te digo que me lo puse y listo. Ahí nomás aparecí en ese lugar.

- Si ya sé el salón enorme, bailaban algo parecido a un minué, pero vos¿ dónde estabas?

- En un rincón, como si observara todo de afuera, era yo pero no era yo…

-¿Cómo?

- Me sentía rara. Bajé la vista y vi la falda gigantesca  y unas manos  blanquísimas y dedos frágiles. No se parecían en nada a estos – continuó Herminia mirándose las manos. – Ahh y tenía un abanico. ¿Viste  esos que se ven en las vitrinas de los  museos?

- ¡Impresionante! Seguí, seguí… la incitaba Dorotea, chupando el mate con ganas.

- Todos venían a mí, a saludarme, como si fuera alguien importante.  Y estaba un poco más alta que el resto. Cuando llegaban se inclinaban en una reverencia,  con esas pelucas blancas de las películas. ¡Taaan ridículas, qué gracioso! – Herminia se tentó y no podía parar de reirse.

- ¡Daale che! ¡Yo que estudié de todo, control mental, meditación, que se yo ya ni me acuerdo. Fui a cuanto seminario pude, las veces que vino Brian Weiss y nada ¡Toda mi vida quise tener una experiencia así y vos, con esa cara de yo no fui me venís a contar que te ponés un vestido de  la finada y tenés una regresión espontánea!

- ¿Vos creés? Te juro que no pensé en nada. La verdad, te digo, que es muy raro todo. Nilda se lo probó y le bailaba, por lo flaquita. A Emilia no le subió el cierre y parecía un embutido.

- ¿No notaste nada raro? preguntó Dorotea más inquisitiva.

- Te digo que no,  a ellas no les pasó nada.  De lo mío ni les comenté, porque sabés como son…

- ¡Si lo sabré! Te dije mil veces que te juntes menos con esas dos, te cortan todo…

- Mirá Doro, según la metafísica nada te corta nada si vos no le das lugar a que te lo corten con el pensamiento-  manifestó la Ñata haciendo gala de una gran convicción y hasta le había cambiado la voz.

- ¡Epa, epa! Mírenme a la señorita que ahora me contradice y todo. Sí que estás rara vos cheee. ¿Eh? Pero la verdad me gusta, me gusta…

- Sí ¿sí? – contestó Herminia bajito, soportando esa dualidad de bolsa de gatos  o mostruo de dos cabezas, que la zamarreaba de un lado a otro esos últimos días.

- ¿Querés que hagamos una tiradita a ver qué pasa? preguntó Dorotea acariciando las cartas de tarot.

- Mnnn no sé… ¿Vos creés?

Dorotea mezclaba y mezclaba el mazo, con los ojos cerrados. Unas palabras ininteligibles fluian de su boca. Al cabo de la plegaria ordenó secamente

- Descruzá las piernas y cortá.

- Ahhh, bueno, bueno..-  pegó un suspiró después de la primera carta y, apoltronando sus carnes en el asiento, comenzó a colocar una tras otras las imágenes que caían como estampas sobre la mesa.

- ¿Qué? ¿Qué pasa? Me ponés nerviosa, no empecés con los misterios gorda.

- ¿Qué querés que te diga? Esto está muy…

- ¿«Muy» qué, Dori? Daalee que me empiezo a comer las uñas y no quiero, vos sabés lo que me costó dejar de com…

- ¡Shh! Pará un poco que no me puedo concentrar.

La Ñata se quedó tildada por una fracción de segundos y se mimetizó con la pared, blanca.

- No, no es que te vas a morir, Ñati, quedáte tranquila. La carta de la Muerte aparece cuando hay un cambio profundo en la vida de una persona o cosas así.¿Entendés?

- Acá estás vos… ¡Upa, salió la Emperatriz! Mejor dicho, hacia donde vas. A ver, a ver, qué más tenemos. Un hombre, sí. ¡Síííí! ¡Viene un hombre!

- ¿Un hombre?- Herminia con los ojos atravesados.

- Sí nena, y por lo que veo… Mnn, dejáme sacar otra.

- ¡Este tipo tiene todo lo que tiene que tener, mi querida!

- ¿Qué querés decir?

- Nena, sos medio lenta . ¡Un hombreee con todas la leeetras! ¿Entendés?       – ¡No como toda esa sarta de nabos que conociste hasta ahora ¡Perdoná mi franqueza!. No me mirés con esa cara de carnero degollado…

Después de un silencio aclaró – Te digo que más de una se va a retorcer de envidia. Sí, acá salen dos minas. Jodidas las dos, que te van a tirar muy mala onda. Ya sé que vos no crees en la mala onda, pero no les va gustar nada te digo. A ver, a ver- sacando más cartas.

-¡Son dos yeguas éstas, eh! Vos sabés que yo no me puedo callar.  Te vas a tener que cuidar de estas dos. Mucha protección, chiquita, mucha.

- ¿Para taanto? Me dá miedo todo esto. Yo que estaba tan tranquila en mi vida…

- Creo que no entendiste nada, ¡Ñatín, reaccioná mamita, reaccionáaa! Te va a cambiar la vida, te va a cambiar la vida – repetía Dorotea tan exaltada que se salía de la vaina. Después prosiguió con las indicaciones del caso.

- Ahora, te voy a preparar un  frasco de flores nuevas y te voy a decir lo que vas a tener que hacer todas las noches antes de irte a dormir…-

La tarde del sábado expiró lenta. Un aire nuevo había embriagado el departamento. Salieron a tomar fresco, un paseo por la placita de Serrano aquietó un poco los ánimos. Esa noche, se quedaron en el balcón hasta tarde, escuchando música, hasta que las venció el sueño.  Antes  de ir a dormir, Dorotea le hizo el último comentario.

-Nena, estáte atenta, porque vas a soñar con él. No me mirés así. Y en el sueño vas a tener una señal…

-Pará un poco, gordi, mañana seguimos… ¿cómo una señal, qué señal? preguntó la Ñata abrazando la almohada con los párpados que se le iban al subsuelo.

- No sé, esas cosas que a mí me llegan de repente, te lo tenía que decir.

- No te entiendo…- apenas murmuró la ñata.

- Dormí, dormí…

-Señorita, señorita- dijo la voz masculina irrumpiendo en el Estudio. El timbre pulcro y gentil espantó el sopor de la mediatarde. Levantó la vista del monitor y lo vió. Canoso, de ademán pulido solicitó que lo anuncie. Un cosquilleo lúdico, atrevido, imperceptible recorrió su anatomía y los biblioratos sucumbieron en la moquette.

- ¿La ayudo? – preguntó por cortesía, al tiempo que levantaba junto a ella los carpetones y papeles.

- No, por favor, no se moleste – repetía Herminia que a esta altura le temblaban hasta las ideas. -¿Su… gracia?

- Federico, Federico Robertson Diaz. Vengo por una consulta con el Dr. Larrazábal – continuó el señor con la sonrisa puesta en los labios.                    Ella, intentó tapar esa torpeza que le avanzaba de adentro como una catarata, como si esos ojos, los de aquel desconocido la hubieran partido en dos, dejando al descubierto un río de vulnerabilidad.

Ese día y los subsiguientes aquellos ojos no la abandonaron. El porte enigmático, atemporal de aquel personaje de barba plateada, lo tenía visto en algún lado. La misma tarde cuando volvía para Palermo en el subte, se acordó del sueño que había tenido hacía unos días, en el que un hombre robusto, de cabellera gris le decía, -»¿Sabés como me dicen a mí?» Mac Giver. Pero la cara del sujeto jamás la recordó. A Doretea todavía no le había contado nada.

Emilia fue la primera en llegar esa mañana. Recibió a los de la inmobiliaria, con su habitual humor alimonado y les dió las indicaciones para que pusieran el cartelón en el frente. Al rato Herminia, con  un termo  y un paquetito de la panadería en la mano. Detrás Nilda, con la expresión  rígida de una sombra trasnochada.

- Menos mal que ya terminamos con todo esto, esperemos que se venda lo antes posible. La verdad, estoy un poco cansada de andar mudando cosas- se quejó Emilia terminando de juntar en un rincón la basura del piso.

- Vení, negra, largá la escoba y tomáte un cafecito- la invitó Nilda con el vaso humeante de Dolca recién hecho.

- Y vos… ¿no tenés nada para contarnos? se dirigió a la Ñata que estaba en la ventana como ida, con una medialuna en la mano.

- ¿De qué? contestó a desgano la Ñata.

- ¿Cómo te fue con el viejito almidonado?

- Federico, te dije que se llama Federico. – Herminia sin dejar de mirar por la ventana.

- Bueno, como se llame. Ya fue a la casa y todo. La llama todos los días, la lleva al cine, a cenar y ya va como un mes ¿no? pero dice que son amigos nomás já y yo, me chupo el dedo.

- ¡Neena! ¿cóomo lo invitaste a tu casa? – saltó Emilia a lo sargento.

- ¡Uf! No empecés, dejála que cuente, si encima cuesta sacarle una palabra con tirabuzón y vos la reprimís…

- ¡Es que con las cosas que pasan! ¿No ven los noticieros ustedes?  Emilia mordisqueando una tortita negra.

La Ñata no quería largar prenda y las otras dos se empezaban a montar en la curiosidad, creciendo y creciendo sobre Herminia que, a esta altura, se veía cada vez más chiquitita.

- Es que, se me había roto la persiana y… él vino a arreglármela. Eso fue todo.- explicaba la Ñata .- Se dá maña para todo con las manos y se ofreció a hacerme un par de arreglos en casa que…

- Ah ¿Sí? ¿Cómo le dicen? ¿Mac Giver?- irónica, interrumpió Nilda mientras encendía un cigarrillo.

A Emilia  se le escapó una carcajada histérica que hizo eco en el caserón vacío.

- Sí, ¿cómo sabes?- respondió la Ñata dándose vuelta.

Las risas se conviertieron en mohines estértoreos que se fueron disipando hasta el silencio.

El humo se expandía a bocanadas, empañando el aire, alimentado ahora, por los dos escuerzos que empezaban a mirar a Herminia de reojo.

- Y vos, ¿pensás que a esta altura te va a hacer el novio? Yo que vos no me haría tantas ilusiones. Mirá los tipos hoy comen y se van. ¿Se entiende? Aparte, un tipo así, soltero, con buen pasar, seguro no quiere más compromiso – consideraba Nilda con aires de mujer experimentada.

- ¡Te equivocás, él no es de esos. ¡Es distinto! – respondió Herminia, abriendo la ventana con poca parsimonia.

- Sí claro, es el principe azul. Bajá nena, el hombre ideal no existe. ¿O no Emilia?

La prima mayor como perorata de tía de antaño dió incio a  su sermoneo.

- Mirá querida, todo lo que te decimos es por tu bien, para que no sufras, porque hoy día con los hombres no se sabe. ¡Antes todo era tan diferente! Una se ponía de novia y hasta que el tipo te pusiera una mano encima, años, además hasta ahora jamás nos equivocamos cuando te dimos  un consejo… – después de ese remate hizo un impase buscando los ojos de Nilda.

Las dos continuaron pregonando peligros y desafíos que como trampas mortales devorarían a la inocente Herminia antes de que cante un gallo. Sin poder meter siquiera un bocadillo, las dejó hablar hasta que la paciencia se le empezó a escapar por las orejas, los codos, los poros de la frente y por efecto compensatorio del principio de Arquímedes hubo una última gota que exasperó el delicado equilibrio que la mantenía en la silla y se levantó en un disparo.

-¡Me tengo que ir!- cortó drástica el monólogo. Sin más, en una media vuelta, resuelta, enfiló hacia la puerta de calle. Antes de salir las miró y lanzó su última frase a modo de sentencia:

- ¡Ustedes dos, me tienen los ovarios por el piiiisooo! – Y se escuchó el portazo.

- Y a ésta ¿qué le pasa? ¡Jamás la ví así! ¡Qué desagradecida! ¡Una que le habla por su bien!

- Herminia está mal, muy mal, te lo dije, para mí necesita ayuda urgente, ya mismo llamo a mi terapeuta…

En la neblina del cuarto quedó flotando un panadero, unica víctima  atrapada en la creciente nube que, amenazante y silenciosa se cernía bajo el cielorraso.

Herminia caminó abriéndose paso por Santa Fe, con algo de humo en la garganta. Lo que nadie llegó a saber fue que una vez más el vestido de organza le había dado una cita el día anterior. Cita que transcurrió sin pena ni gloria ante el espejo. Aunque más tarde, un gran cansancio la arrastró temprano a la cama. Como una mole se derrumbó en el sueño y la noche se bañó en sudores en medio de una pegajosa ronda de pesadillas. Un rayo de luz distinto había irrumpido por la hendija esa mañana.  Extrañamente la opinión de las primas ya no le importaba.

La certeza, cada vez más cercana, la catarsis llegando a su fin.

Esta noche, Herminia Maria de los Angeles Rincón, la última soltera y a escondidas de sus primas, ha llegado a la casa de la abuela a probarse, por tercera vez, ese raro vestido de antaño. Federico, ansioso, la espera en el auto. Sin disimulo cogotea hacia un lado y hacia el otro, hasta que la vé. Un haz de luna baña el empedrado y dibuja un camino hasta los pies  femeninos que, desnudos, abandonan la casa donde un halo de incienso y un candelabro caído son apenas un vestigio. Flota en el aire como una princesa, aunque parece que camina. Los labios se rozan, apenas.  El manojo de luna se expande como un portal silencioso y se adueña de la escena. Cuando ya nadie queda, borra las huellas, por si acaso.

Quizá mañana alguien los buscará y los próximos días, tal vez sean las primas. Inútil. No quedará ni una sombra.

En el recodo de una ruta, lejana y sin nombre, el lucero vigila y el alma sueña despierta.

El gen

El gen

De tal palo, tal astilla.

Refrán

La puerta se entreabre, dando paso a un chirrido crepitante. Las paredes del Estudio se estremecen y tiemblan hasta los cimientos. Ernesto Belaustegui, fotógrafo y dueño de la casa está sentado en su escritorio y se despabila ante la figura crepuscular de Doña Ignacia de los Remedios Cárdenas Anzorregui de Belinzona. El silencio espesa una vez más la tarde. Detrás, una sonrisa de Giocconda, la mueca triunfal de Margarita, su hijastra, albergando el dulzor de la victoria.

- Buenas tardes, Ernesto Belaustegui a sus órdenes. ¿Qué se le ofrece? dice el hombre de corrido para cortar la atmósfera.

- ¡No tan buenas, Don Ernesto, no tan buenas! bastoneando con la sombrilla sobre el gris del mosaico.

El tono de la mujer lo sacude.Comienza a sudar. Saca el pañuelo y se lo pasa por la frente. De la mirada de Doña Ignacia algo no le gusta, un destello hiriente que asfixia.

- Mi esposo, el Coronel Belinzona, hace un tiempo me había pedido que le encargara  a usted un trabajo de… – y señala a la jovencita con la cabeza.

- Ah… ¿sí?

- La señora Iribarne, su mejor clienta, me ha mostrado las fotos que usted obtuvo de la familia.

- Si, si, si. Así es.

-¿Usted sábe quién es el Coronel? Bueno, si no lo sabe, se lo recomiendo: Averíguelo. El punto aquí, mi querido, es que él, antes de emprender su  viaje, me pidió le haga sacar a «su niña» unos retratos.

-¿Se acuerda de la niña?- acercándosele a la cara. – Claro, de mí no creo, se acuerde, porque la que acompañó a la señorita fue Miss Patrick, nuestra benemérita ama de llaves, que, por cierto también, es una excelente institutriz. De cuna irlandesa, además de inglés y español, francés e italiano, maneja el latín como nadie. Piano y artes plásticas. En esos menesteres también adiestra a la joven, como corresponde a una niña de su clase.

- Qué bien. Ahora… estimada señora, ¿no se habrá tomado la molestia de venir hasta aquí  para hablarme de su ama de llaves? Es que justo hoy tengo bastante trabajo. Otro día, y si quiere, nos sentamos a conversar un rato más. La invito con un copita de jeréz y… ¿Le parece bien? Pero ahora, por favor, vayamos a qué la trae por aquí.

- ¿Me está echando?¡Osa echarme! ¡Además de un… un… ¡libertino! es usted muy… muy… rústico. ¡Claro, como todos los de su calaña! ¡Ay! ¡Padrecito Santo! ¡Sálvame de las garras de este pecador! haciéndose la señal de la cruz.

- No, no, no, para nada, señora, no la echo ni está en mi afán ser descortés. La verdad, no sé a qué se refiere…

- ¡No sé nada! ¡No sé nada! ¡Siempre dicen lo mismo! ¡Ustedes son todos iguales!

- ¿Ustedes? ¿De qué habla señora?

- ¡Los que son como usted, son la maleza que enturbia esta sociedad! ¿Y sábe qué se hace con la maleza? ¡Zac! ¡Hay que arrancarla de cuajo!

Ernesto traga saliva antes de contestar. El sudor cada vez más denso y caliente se le desliza por la espalda. La ha visto de reojo, es la misma. La chiquilla es la misma, aunque aquél día su tez era más rosada. Aquel día, uno de esos días, vino sola. Sola, sin la otra señora, la que la acompañaba cada vez, y que lo miraba de la misma forma que doña Ignacia. Ella, la chica, mencionó que quería algo especial, que sabía lo que hacía. Que ya soy grande y usted no es mi papá. No se las voy a mostrar a nadie, dijo, no se preocupe. Dele, don Ernesto… y le acariciaba la camisa. Bueno, bueno, pero sin fumar, que no queda bonito para una señorita. Que no me trate como una chiquilla, usted no es mi papá, insistía.¿De dónde sacaste esos cigarrillos nena? Los trae papá de Londres ¿quiere uno? Claro que no. Menos mal que no soy tu papá, pensaba. ¿Tiene algo para tomar? Algo fuerte, dijo. ¿Jeréz? Sí, está bien, aunque prefiero el brandy, agregó mientras se sacaba el vestido. Entre los encajes sedosos, que apenas cubrían la humanidad de Margarita, unas piernas jugosas se enlazaban y desenlazaban como serpientes. Medusa que a través de la lente de la cámara fotográfica petrificó a Don Ernesto. Al rato, ella se acercó y le habló al oido. Mencionó algo de  la virginidad…

- ¡Señorita, señorita! ¡Usted no tiene recato! dijo él mientras se dejaba acariciar.

-¿Le parece?

- Oiga. ¿Puede decirme qué es esto? y le arroja el paquete de fotos sobre el escritorio.

- Tome asiento. Señora… Podemos conversar, yooo… yo le explico…

- ¡Qué puede explicar!¿Usted cree que hay algo que explicar? No quiero oir parlamentos inútiles. En todo caso le explicaré yo. Cómo le dije antes, su padre me encargó, «especialmente» el cuidado de la niña. ¿Sabe lo que puede pasar si algo llegara a oídos de él? ¿Sábe? espetándole muy cerca de la cara. Usted … se convertiría, lisa y llanamente, en alimento ¡para perros de campo! Terrible ¿no es cierto? Sí, no me mire así. No crea que lo estoy amenazando, porque lo peor es queee… Y acercándosle al oido susurra: – ¡En estooo, estamos usted y yo juntos!

La mujer se da vuelta y dirigiéndose a la joven ordena – Querida, ¿podrías ir a esperarme al auto un momento? Esplícale a Pedro que ya vamos…

- Pedro es nuestro chofer, que es un poco cascarrabias y ya se debe estar impacientando. A  lo nuestro. Sabe lo que pasa. Entre nos, lo de la chica… es genético – menciona Doña Ignacia con un tono sórdido.

- ¿A qué se refiere?

- Ahora sí, le acepto un jerecito… Tengo la garganta un poco seca.

- Le decía, yo la he criado y ella es para mí como una hija. Casi. El coronel es un hombre muy ocupado. Viaja mucho… por su trabajo. Pero ésta… estaa… criatura, es la luz de sus ojos, dice. La colma de regalos, se desvive, la malcría, ¡Derrocha! En una palabra, es su debilidad. Pobrecita mi niña, suele lamentarse, ha sufrido tantito… ¡Tantito me ha hecho sufrir a mí la malcriada! ¡Así como la vé, con esa carita de porcelana, es la pestee! Traté, siempre, traté de entenderla, porque perder a la madre de tan niña…

- ¿A qué edad quedó huerfanita?

-¡Qué va! Huérfana, lo que se dice huérfana no es. ¡No ha hecho otra cosa que convertir mi vida en un calvario! No conoce el respeto ni la autoridad. Me desafía, y lo peor de todo ¿sabe qué es? El le dá la razón. Por eso, le pido, si quiere que usted y yo continuemos ¡vivos! Por favor, destruya de inmediato esas fotos y no deje ningún rastro. ¡Ni un sólo vestigio!

- ¿Para tanto le parece? pálido y con la voz hecha un hilito.

- No exagero un ápice. – levantando el índice, como una sentencia.

-¿Y la madre?

- La madre… la madre. ¡Esa es la cuestión! Cuestión o herencia ¿me comprende? No, veo que no comprende nada. El asunto es que él se dejó llevar y cayó en la trampa. Pecados de juventud, le dicen. Soltero, con gran fortuna.¡Pero fíjese el destino! ¡Morir en un … un… burdel!

- ¿Morir? ¿Quién?

- Ay, Don Ernesto, en un sentido figurativo. Lo creía más despierto… ¡Con esa cara de bobote que tiene!  No se ofenda, por favor. Si me cae hasta… simpático, diría.

- Le decía, cuando lo conocí, el coronel, que todavía no vestía de coronel, era apenas una sombra de lo que había sido. Sólo, abatido y con una criatura de cinco años. ¡Imagínese! Conmigo su vida retomó un rumbo, el orden que nunca había tenido. Mire, mi madre siempre decía: El hombre siempre necesita una mujer que le maneje la hacienda…

- Claro… asiente Don Ernesto con un tono apesadumbrado.

- Usted… digo…

- Enviudé hace más de diez años…

- ¡Cuánto lo siento! ¡Unos tanto y otros nada!

- No se preocupe, ha pasado taanto… pero ¿A qué se refiere con unos tanto y otros nada?

- Una reflexión en voz alta, no tiene importancia. ¡Diga que él tuvo la suerte de conocerme a mí! Y poder salir de ese abismo en el que  estaba inmerso. ¡Quien le dice, a lo mejor usted también le llega una mujer como yo! ¡Nunca hay que perder las esperanzas Don Ernesto! ¡Nunca!

- Si usted lo dice… – esboza bajito el hombre, cruzando los dedos a sus espaldas.

- ¡Que no le toque una como ésta! ¡Cada día se parece más a la madre! Ésa que un día desapareció…

- ¿Cómo que desapareció?

- Y sí, fíjese que nadie supo bien cuál fue el destino de la muchacha, la primera mujer del Coronel. Se esfumó, literalmente. Pobrecito, él nunca una palabra al respecto, pero las cosas se saben.

-¿Y… qué le pasó?

- Se dice que volvió a sus «orígenes». Aunque, hay otra versión, menos piadosa. Resultó ser que en los últimos tiempos, un «supuesto primo lejano», de ella, comenzó a frecuentar la casa. ¡En ausencia del esposo! El resto de la historia, imagínesela.  ¡Sí, era una «casquivana» esa mujer! No hay nada que hacer, eso se lleva en la sangre, fluye en las células, es como el instinto de una bestia salvaje. Por más que uno quiera domesticar al lobo y se esfuerce por convertirlo en un perrito faldero, vanos serán los intentos. ¡Qué va! – doña Ignacia revoleando la sombrilla con vehemencia.

- Señora, si me permite… pronuncia el fotógrafo mirando el reloj con inquietud.

- Aguarde, todavía no terminé. ¡No sea maleducado! En cuanto a la chica es ¡la piel del mismo Judas! Yo le recomendaría, por su propio bien… – con un tono lúgubre y acartonado: -Haga de cuenta que nunca la ha visto. ¡Borre todo registro! ¡Olvídese! Sino, le aseguro, la maldición puede caerle encima… Es que… en ella… habita «el gen».

- ¿El gen? ¿Qué gen? repite Don Ernesto.

- El gen de la inmoralidad, mi querido. Un estigma que se propaga por generaciones, y ensucia. Le aseguro que corroe todo a su alrededor. ¿Usted tiene idea? ¿Sábe lo que he luchado para erradicarlo? Noches y noches, sin dormir, velando por ella. Médicos, enfermeras, institutrices, educación privilegiada, pero nada, ese destello mórbido en la mirada, nunca cedió. ¡Qué va! ¡Empeoró con el correr de los años! – doña Ignacia de reojo con los ojos rabiosos.

- Una mañana, al entrar a su cuarto lo comprendí todo. La ví, sentada en el marco de la ventana, semivestida, en la plenitud de sus quince años, observándome por arriba del hombro. Un halo saturado, fatídico, invadía el cuarto. Desde la mesa de luz, como un calco,  vigilaba el retrato de su madre. Con la misma pose y esa sonrisa burlona e inasequible. He consultado a multitud de profesionales, pero, créame, nadie ha podido ayudarme. Es una marca invisible y absoluta que asola a un porcentaje considerable de la humanidad, y que en un futuro, si nuestros científicos no lo controlan, podría llegar a diezmar a gran parte de la población. ¡Las generaciones futuras se encuentran bajo la sombra de una amenaza!

- Por eso, y para ir redondeando la idea…- La mujerota abre la cartera y saca un fajo de billetes, de espesor considerable. Se lo pone delante. Don Ernesto, más mudo aún y con los ojos desorbitados hace un racconto de sus cincuenta años y llega a inmediata conclusión. No recuerda haber visto antes, tanto dinero junto.

- Tómelo como una contribución a su labor. Mañana, cuando abra los ojos todo esto habrá sido nada más que un sueño… ¡Todo! ¡Absolutamente todo!

El misterioso caso de Palermo Viejo

Mi nombre es Richard, aunque eso poco importa. Quien se entere de estos hechos que voy a narrar pensará, tal vez,  aunque no lo diga, que mi delirio ha tomado  dimensiones insospechadas, pero lo cierto es que puedo probar todo lo que digo y a cualquiera que piense que estoy loco lo invito a que vea las fotos que aún conservo en mi poder.

Por aquel entonces recién me había mudado a Palermo Viejo. El pequeño departamento con  un antiguo balcón francés daba la calle, y por las tardes, entre los edificios se podía apreciar el pulmón verde de los Bosques. Un poco más allá, agudizando la lente, se asomaba un mínimo recorte del río y algún que otro velero.  Siempre viví en casa de departamentos, en lo posible alto y que tuviera una vista que me pudiera permitir llevar a cabo la parte que más me gusta de mi profesión. Hace años que me dedico a la fotografía, y en aquel momento trabajaba para una empresa de fiestas y eventos. Pero, por supuesto, como cualquier fotógrafo que se precie, me fascina captar aquello que casi nadie puede ver, el instante insólito, un gesto, ese costado oculto de las cosas y lo que dura sólo los segundos que puede llevar apretar un disparador.

Como decía antes, fue en  1985 cuando me mudé a aquel barrio. Nunca fui de comunicarme demasiado con la gente, más bien peco de gato solitario. Lord Byron solía decir Sólo salgo para renovar la necesidad de estar sólo. Ese soy yo. Por aquella época tal vez era más ermitaño. Al día siguiente de haberme mudado, me enteré de la existencia de un hombre del que todo el mundo hablaba. Recuerdo que subí al ascensor en el que iban unas vecinas, chancletudas las dos, pañuelo colorido y ruleros, que parecían hermanas. Aunque, luego escuchándolas, me enteré que no lo eran. La de ojos más saltones dijo: – ¿Se ha enterado doña Juana  lo del hombre ése que se quiere suicidar? La otra, arqueando las cejas ligeramente respondió  – No, doña Cata en verdá, según me contaron, él dice que por más que se tire de lo alto no le va a pasar nada… ¡Muy raro! ¿No le parece? Y agregó con una miradita pícara – Pero por las dudas no me lo voy a perder…- Chusmerío barato pensé, mientras abría la puerta para que salieran  primero las viejas. Grande fue mi sorpresa cuando al volver, el mismísimo portero, Don Ceferino, algo parco pero con un mote de serio, me hizo el comentario, al tiempo que manguereaba, afanosamente, la vereda. – Parece que tenemos novedades en el barrio…

-¿Ah, sí? No sé a qué se refiere -contesté con desgano, pero mirándolo a la cara para no ser descortés.

Ahí mismo, en menos de dos palabras completó un relato, del que por supuesto no creí un ápice, aunque no puedo negar que desde ese preciso instante el bicho de la curiosidad comenzó a devorarme.

Al parecer se trataba de un vecino que vivía en el edificio en diagonal al nuestro. El hombre decía cosas descabelladas como haber descubierto la fórmula de la inmortalidad. Lo más audaz era que aseguraba que cualquiera podría lograr semejante capacidad. Según don Ceferino, el hombre no tendría más de cuarenta años, a pesar que, según él, sabía que el tipo rondaría los sesenta y pico. ¡Barbaridades! pensé. Un pobre infeliz, que no se metía con nadie. Salvo en ocasiones excepcionales. Imagínese, continuó el encargado con tono enigmático -que estando en el supermercado, por ejemplo, él está al lado suyo y de repente se da vuelta y comienza a hablarle y aconsejarle sobre el problema que a usted lo viene atormentando últimamente. ¡Puede creerlo! ¡Locuras de la gente! pensé. ¡Chismes baratos! Hastá aquí todo iba bien. La parte más escabrosa del asunto se suscitó cuando me comentó que al día siguiente iba a demostrarle a todos, que lo suyo no era pura fantasía. El método, tal vez poco ortodoxo, consistiría en arrojarse desde el balcón de su departamento en un décimo piso. -¿Sábe algo más? Entre nosotros, él me  aseguró que sale vivo… ¿Qué opina? clavándome los ojos con las manos apoyadas en el palo de la escoba. Obvio, al escuchar semejante historia lo miré como si en vez de ver a Don Ceferino, fuera un marciano el que se dedicaba a baldear la vereda. Hasta que, sin querer, me salió una risa estertórea. Así que no lo cree, vamos a ver mañana, vamos a ver… repitió en capicúa, meneando la cabeza. Casi le pregunto si me había visto cara de estúpido o me estaba tomando el pelo, pero preferí ser prudente y le dije que me parecía una locura y que tal vez se trataría de algún desquiciado de esos que no faltan nunca. A Don Ceferino, no le causó mucha gracia mi respuesta he hizo un mohín, encogiéndose de hombros y continuó en lo suyo. Me pareció extraño que este hombre diera tanto crédito a semejante historia. No lo voy a negar, hasta dudé de su estado mental. Recuerdo que mientras subía por el ascensor, no dejé de apenarme por la gente en general. La magnitud de la crisis los iba llevando a  todos a tristes estados de fabulación crónica. Volví a mi departamento  y el tema duró en mi mente hasta que traspuse la puerta de entrada al living.  Juro que ese día  no  pensé siquiera  una vez  en el asunto, ni en el hombre. A la mañana siguiente, salí corriendo de casa. Iba retrasado para una entrevista. Hasta hoy tengo el recuerdo de la sonrisa del tipo, que en mi apuro, me llevé por delante. Alto, de aspecto nórdico. –Disculpe- le dije, casi torpemente. Una mirada lúcida me atravesó como un láser, y sonrió sin demostrar importancia por mi arrebato. Seguí caminando, sin volver la vista atrás, pero enseguida supe que era él. No me pregunten cómo. Me quedé con la sensación de que,  en los breves segundos que duró el encuentro, algo me transmitió y no con palabras. Aunque yo también pude haberlo imaginado… No era de creer en nada que no viera. Por eso, en la tarde me aposté en mi balcón, prismáticos en mano, diez minutos antes de las cinco. Preparé el teleobjetivo, y  ajusté el lente de la Nikon que usaba en aquellos tiempos. Por momentos me preguntaba qué estaba haciendo ahí, atacado por un rapto de morbosidad. Observar a alguien que iría a arrollarse contra la acera no era de mentes sanas. ¿Pero… y si era verdad? De no haberlo cruzado esa misma mañana, tal vez jamás hubiera estado allí, sentado y esperando con mi cámara. Un desconocido impulso se había adueñado de mí y deseaba fotografiar el instante preciso de la caída…

¡Todo esto es un delirio! me dije, poco antes de que el reloj diera las cinco de la tarde, hora en que el infortunado había prefijado para su hazaña, sin embargo no dejé mi lugar. En la calle se había congregado una multitud y por supuesto varios medios de comunicación. Los de Crónica TV no faltaron y un camión del Canal Trece estacionado justo en la entrada de nuestro edificio. Un señor gordo, uniformado con un altoparlante y la brigada especial para estos casos intentaban convencerlo para que desistiera. A pesar de todo, el hombre ya estaba allí, parado en el bordecito del balcón y con su sonrisa infaltable. Llegaron tarde, me dije. La gente entre gritos y silbidos se mostraba inquieta. Cerca de la esquina, don Ceferino,  más atrás, las viejas que iban empujando para avanzar. Por ahí asomaban otras caras que me parecían conocidas. Cuando lo vi que comenzaba a moverse, me acomodé. Sí, no les voy a negar que estaba nervioso. Un escozor frío, casi eléctrico me corría por el cuerpo, pero los años de práctica de la profesión me habían enseñado a obtener fotos, aun bajo condiciones emocionales desfavorables. Tal vez, ustedes se preguntarán por qué estaba yo tan nervioso, siendo que si bien podía ser testigo de un suicidio, el hombre me era por completo extraño. A la vez, y esto me da cierta timidez confesarlo, había algo que, intempestivamente me había comenzado a acercar a él. Un sentimiento, si es que cabe la palabra, que hasta hoy no puedo explicar y que había empezado a asaltarme desde que me lo choqué en la mañana. Tal vez, admiración. No, no por el valor (ligado con la demencia) que parecía demostrar. Ser consecuente con uno mismo no es fácil. En ese entonces, yo me sentía un fracasado e incapaz de enfrentarme a mí mismo para asumir la verdad en muchos aspectos de mi vida de aquellos años. Aspectos que no detallaré porque forman parte de mi privacidad. Así como tampoco me encontraba de acuerdo en cómo funcionaban muchas cosas en esta sociedad El miedo suele ser más fuerte. Seguía como una oveja, acatando para no perder mi empleo, a veces desatendiendo mis principios, debo confesarlo. Ahí estaba, ese desconocido, que aunque a la vista de todos no podría atribuírsele gran cordura  por su actuar,  parecía ser fiel a lo que él creía. Admito que me había dado vuelta la cabeza el incidente, y debo decir, casi como un testimonio, que  sé que algo sucedió en mi vida desde aquel momento. No puedo asegurar qué con exactitud. Pero  todo se me trastocó y desde aquel día ya no soy el mismo. Conservo las fotos, un poco amarillentas por el paso del tiempo,  que tomé en los escasos minutos que duró el suceso,  junto al recorte de la noticia en el diario que dice:  Ayer por la tarde, multitud de  vecinos del barrio de Palermo Viejo fueron testigos de un hecho increíble. Un hombre se arrojó desde el balcón de un décimo piso, en la intersección de las calles Guatemala y Honduras, de dicho barrio capitalino, al parecer con la intención de cometer un suicidio. Aún se desconocen los pormenores del caso y las intenciones del protagonista del hecho,  un hombre de mediana edad. El sujeto fue sometido a un extenso interrogatorio por parte de las autoridades, después de comprobarse que sólo habría sufrido lesiones leves. Se le han practicado numerosos estudios para corroborar su estado de salud, tanto física como mental. El último parte de esta mañana indica que se encuentra en excelente estado. Los expertos no se explican cómo ha  sobrevivido a la caída. Varios especialistas habrán de estudiar el caso ya que no existe  antecedente de un hecho semejante, ni explicación alguna desde la ciencia. “Clarín”, 28 de Octubre de 1985.

En estas fotos se puede ver su rostro. ¿Ven? Su mirada parecía estar en calma al momento de lanzarse. Increíble ¿verdad?  Aquí hay otras, donde se levanta después del caer estrepitoso sobre el asfalto. Se le ven apenas unos raspones en la cara. Según me contaron después, los cortes en el rostro y los brazos duraron tan sólo unos minutos. Ante los ojos de todos los presentes se le iban cerrando. Y estas  otras,  juro que no se las he mostrado a nadie porque develaría su secreto. Son una serie que he tomado mientras iba cayendo, atravesando el vacío. Es que en ellas puede verse, casi como una sombra pálida, el recorte de unas alas.

Aventuras de un Sing.-hsing

Los Sing.-hsing son como monos. Tienen caras blancas y orejas  puntiagudas. Caminan como hombres, y trepan a los árboles.
De “El libro de los seres imaginarios”. Jorge L. Borges

Khan-yin tenía la boca seca y amarga. El resplandor del mediodía, apremiante, se filtraba entre las ramas tupidas de los cuásires. Como todos los de su raza, los Sing.-hsing no tienen la costumbre de andar solos en la espesura. Su madre le había advertido, hasta el hartazgo, acerca de los peligros escondidos entre las intrincadas redes de la maleza. Salió del refugio muy temprano, un tanto después que los del clan se lanzaran a la cotidiana búsqueda de alimento. Era la primera vez que la desobedecía. Su espíritu, inquieto, lo corroía con el suficiente impulso que puede engendrar la curiosidad.

Le dolían las piernas y los pies desnudos sobre el piso recalcitrante añoraban los botines alados, que había olvidado, con el apuro. Dió tres pasos más y se sentó bajo la sombra de un sí-ling-mon, cuyas ramas se vencían por el efecto de la gravedad, atestadas de frutos carnosos. Miró hacia arriba, estiró su cola prensil hasta la rama más cercana y la sacudió. Tuvo que esquivar las drupas que caían a manera de proyectiles. Eligió una, enorme. En un golpe seco asestado contra su rodilla, la cáscara azul se partió, dejando al descubierto la pulpa húmeda y un hilo rojo se deslizó por la pierna peluda. Comenzó a masticar, con ganas, ese manjar suculento, justo a tiempo para aplacar el lastimoso quejido de sus tripas. Un chillido agudo despertó su atención. Volteó su cabeza a uno y otro lado, y agudizó el oído. Parecía provenir de las alturas. Divisó un bulto en la punta de una rama. Un pichón de drópulo, cogoteaba dentro del nido, clamando cada vez con más fuerza. En los alrededores, distintos sonidos se encendían y apagaban intermitentes, superponiéndose al graznido del pequeño. Un zing-cling que andaba merodeando la zona en busca de un providencial almuerzo batía sus alas produciendo un runrún caótico, que pasaba desapercibido entro toda la sonoridad. En eso, el insecto comenzó a afilar el aguijón. Se acomodó despacito para dar en el blanco. Khan Yin seguía mirando el nido, ajeno al voraz zing-cling que planeaba cerca, preocupado por el pequeño que abría su pico ávido, una y otra vez. En picada mortal el kamikaze inició su travesía por el aire, directo hacia la nariz del muchacho. Un blanco gordo y apetecible que lo había obnubilado lo suficiente como para despreciar el peligro al que se exponía. El éxito parecía asegurado, pero ni bien el punzón se clavó en la carne del desprevenido Khan-yin, la suerte del insecto se trastocó. Un manotazo cayó sobre el zing-cling y la estampa del bicho quedó aplastada en la mano. Con la nariz colorada por el golpe y el recuerdo del infame en la palma, trepó, dando brincos hasta lo alto del nido. Frente al pichón, despegó la figura desde una de las alas que había quedado medio torcida. Como macabra paradoja del destino el zing-cling fue a parar directo, a la boca hambrienta. Khan Yin acarició la mollera del crío que lo miraba agradecido mientras saboreaba el bocado. En ese momento una hembra de drópulo iba acercándose por entre las copas de los cuásires, con algo colgando de su pico. Khan-yin se despidió con el clásico saludo de la raza, de pulgar y meñique extendidos y retomó el rumbo. Esta vez, decidió avanzar por las alturas, asiéndose de las lianas que abundaban por encima del sotobosque. Mano, mano, cola, mano, mano, cola. Intrépido, confiado como cualquier criatura de su edad, marcaba piruetas en el aire, silbando una antigua tonada de la tribu.

Continuó saltando, entre los continuos cúmulus limbus verdes, atiborrados de helechos y hongos gigantes prendidos en las sequoias, hasta que algo lo detuvo bruscamente. Atrapado, sin poder avanzar, miró hacia atrás y horrorizado vio cómo un tentáculo cubierto de hilillos negros, lo tenía aprisionado por el rabo. Trató de zafarse, una y otra vez sin éxito. El espécimen daba el aspecto de una mandrágora carnívora, aunque, cabía la duda. Desató una lucha feroz pero la planta se le enredaba cada vez con más obstinación. Podía ser la variedad de mandrágora que a diferencia de su prima officinalis que sólo induce a un estado soporífero, además se alimenta de sus víctimas. Extenuado, quedó suspendido tal murciélago a la hora de la siesta. Comenzó a transpirar. Sabía que tenía un tiempo todavía, ya que según le habían enseñado, la mandrágora sólo come de noche. Era una de las primeras enseñanzas que se le daban a los niños del clan, ni bien iniciaban su aprendizaje. El había tenido el privilegio de aprender las Artes sobre la Mandrágora con Tsakún-Ga-bute, el médico brujo, nombre que en idioma Sing-Hsing significa Domador de Tormentas. La Mandrágora no es ni buena ni mala. Una bestia y como tal es necesario domesticarla. Muchas de las pócimas curativas que producía su padre, eran hechas con zumo de éstos especimenes, extraído con ciertos recaudos. Se sintió estúpido. ¿Cómo podía pasarle esto a él?, el hijo de Tsakún-Ga–bute. Si intentaba usar las manos para separar los tentáculos, quedaría más atrapado aún ya que la planta segregaba un líquido viscoso que funcionaba como un pegamento instantáneo. Siguió tironeando una y otra vez,  balanceándose a un lado y otro haciendo fuerza para zaparse, pero ya empezaba a sucumbir a los efectos narcóticos. Sofocado, entre la rabia y la desesperación, y antes que las lágrimas comenzaran a desbordársele sucedió lo inesperado. Un claro se abrió en lo más alto, dejando al descubierto un pedazo de cielo. En medio de una nebulosa apareció la imagen iridiscente de su madre suspendida sobre la maleza, sosteniendo un shakuhachi. La flauta sagrada comenzó a desprender sonidos que tomaban formas en el vacío, nubes tornasoladas que se perdían escurriéndose entre los arbustos. Comenzó a silbar esa tonada exorcizante que tocaba su madre y poco a poco la mandrágora, como serpiente encantada, lo fue liberando. Hubo una pausa interminable y todo se apagó.

El sol se estaba apagando en el horizonte. Se había quedado dormido por unos minutos, exhausto por el esfuerzo. Por un instante pensó que todo había sido un sueño, pero la presencia de la mandrágora, a tan sólo unos metros lo disuadía de la realidad. Hipnotizado por el efecto naranja en el poniente, las lágrimas comenzaron a rodar por sus pómulos pálidos.  No se había repuesto del todo cuando del medio de la selva, una mezcla de graznidos y aleteos, se hacía más perceptible. Iba creciendo, rítmica y aceleradamente. Hasta que el rumor atronador ensordeció a todos los habitantes. Una nube negra y compacta de millares de drópulos se dirigía directo hacia donde estaba él. Invadieron el lugar oscureciéndolo todo y en fila se lanzaron a picotear  a la planta. Los drópulos, parientes lejanos del famoso pájaro carpintero de las pampas sudamericanas, tenían un pico filoso y puntiagudo que solían utilizar para defenderse de sus depredadores y para construir sus nidos. Al rato Khan Yin comenzó a recuperar la vitalidad impulsado por un aleteo vigoroso de los pájaros. Empezó a pegar saltos como un canguro. Los pájaros revoloteaban sobre su cabeza, despeinando sus mechones revueltos y entre la multitud pudo reconocer a la madre del pichón.

La noche estaba cayendo. A lo lejos comenzó a oírse el inconfundible didgeridoo. El llamado de la tribu. En breve lo encontrarían. Era hora de volver. -Esta vez,-  pensó, -será mejor caminar…- Y se alejó por entre el matorral, lejos de las ramas, casi al ras del suelo.

Nota de la autora: En este cuento me he tomado el atrevimiento de apoderarme de uno de los personajes de J.L.Borges y construir una breve historia. Espero Don Jorge Luis, no lo tome a mal.

El resorte invisible

- Rosita… Mmm ¿Rosita? ¡Rosita!
- Sí, abuela. ¡Contáme más de ella! insiste señalando el retrato en blanco y negro, sentada en la falda

El álbum de la familia está a mano, en el cajón de la cómoda, altura ideal para que Martina, cada vez que viene la abuela de visitas, lo vaya a buscar. Dolores le da la orden al oído y la nieta, despacito, se desliza por la casa, casi en puntas de pie. Los pasitos vuelven hacia el comedor y las dos se sumergen en un viaje de horas. A medida que avanzan, de adelante hacia atrás, la historia familiar arranca desde las poses libres, ligeras hasta devenir en una mágica sucesión de caras acartonadas en el blanco y negro. Ésas son las que más le gustan a Martina y son los únicos ratos en que se queda como petrificada. A veces la trama corre el riesgo de convertirse en una fábula, un cuento inconcluso, en especial cuando aparece la foto de Rosita Contreras, quien murió en un accidente de avión, allá por los sesenta. La voz de Dolores, se corta por momentos ante esa imagen, la cual dos por tres, salta caprichosa, del libraco al piso, como si un resorte invisible le diera vida propia.

- Me dijiste que actuaba ¿no es cierto? ¿De qué actuaba? ¿Cómo no te vas a acordar si era tu hermana? Puff, sopla Martina y se acomoda el mechoncito enrulado.
- Bueno, es que hace taanto… ¿Francisco vos te acordás de qué actuaba Rosita?
Francisco sigue sentado en el sillón del living, haciendo zapping frente al televisor, ausente.
- Abu, me parece que vos no te acordás de lo que no querés…
- Bailaba y cantaba ¿no?
- Ajá… se escucha la voz del abuelo sin dejar de mirar la tele.
- ¿Viste? como yo en el cole.
- ¡Si!, Eso… Como vos.
Un silencio se abre y los ojos de Dolores se encienden con un brillo de fuego. Me acuerdo esa vez que debutó con la Campoy en el Teatro Avenida. La obra era… ay, ¿cómo era…?

- Kiss me, Kate , ésa era, me acordé. La habían hecho en Broadway.
- Boadguay… ¿Y eso dónde queda?
- Lejos, mi cielo, muy lejos. Me acuerdo que cuando salió a escena hubo un mutis general. ¡Ése magnetismo que generaba! ¡Adorable!
- Manguetismo, ¿qué es eso abuela?
- Un ángel, mi amor, ella era un ángel…
- ¿Y porqué no la viste más? ¿Qué le pasó?
- Estee, otro día seguimos. ¿Eh? Ya es tarde y pronto va a estar la comida, rica, que mami está haciendo.
- No, no ¡Yo quiero seguir ahora!…
¡Martina! Dejá de hostigar a la abuela y vamos a tomar un baño. ¿Puede ser? Liliana pone coto a la insistencia de su hija.

- Mamá me cuidás la tarta que está en el horno, please. Ya venimos-
-¡Martiii!

¡Uff! Ahí voy… resopla la nena inflando los cachetes y haciendo un gesto con las manos mueve la cabeza resignada – ¡Si no queda otro remedio! Ya vuelvo abu, ya vuelvo, no te vayas ¿Eh?

No sé que es lo que obsesiona tanto a esta criatura. ¡Esa fijación que tiene! ¡Rose, mi Rose! ¡Que en paz descanses!
Me acuerdo como si fuera ayer, el día que la madre superiora mandó a llamar a mamá. Sor Etelvina y Sor Nita le contaron que vos habías adquirido ciertas costumbres licenciosas. Así le llamaban al pucho las hermanitas. Que últimamente tu vocabulario era inadecuado. Que te vigilara, que te habían visto en lugares poco propicios para una señorita. Que vivías escapándote de clases, y que ¡Quién sabe en qué barbaridad se ha metido su hija señora!. A la vieja se le pararon los pocos pelos que le quedaban. No le sirvió de nada taparme las orejas, escuché todo. ¡Qué monjas podridas! Igual no hubo nadie que te detenga, cuando uno nace con un don… ¡Si yo te hubiera apoyado más en tu carrera! Tal vez hubiera sido tan distinto… A veces me pregunto porqué no me habré jugado más por vos. ¡Si me hubiera animado a enfrentar a los viejos cuando te echaron de casa! ¡Qué cagona Dolores! ¡Qué cagona! En esa época nos tenían a todas zumbando. No como ahora. Coraje, me faltó, sí. Y coraje voy a tener que juntar para contarle a Martinita, algún día, que una vez te fuiste porque yo no te apoyé. ¡Qué iba a hacer!
Me dijiste ayúdame, no tengo a dónde ir, te dije no puedo, Francisco me mata, los viejos, vos sabés. ¡Dolores! ¡Por favor! No, no puedo, ché, no insistas… Te fuiste echando humos y con un préstamo de no se qué fulano compraste el pasaje para Nueva York. ¡Broadway te esperaba! Pero nunca llegaste…
El día que te vi salir a escena, en el estreno de aquél vodevil, ése fue el primer impacto. Brillabas como una estrella. Claro, un poco sueltita de ropas. Te movías con la agilidad vertiginosa de una gacela. El baile te afloraba por la piel. ¡Y esa voz! ¡Qué voz! Al verte sobre el escenario, eclipsando a la audiencia, casi mágicamente, era inevitable preguntarse. ¿A quién habrías salido? ¿De quien habrías heredado semejantes aptitudes?
La cara del viejo era una mueca de yeso. Tal vez, estaría preguntándose lo mismo que yo.
- Nénna ¿eso es lo que te enseñaron las monjas, bailar el can-can con un plumero en el culo? Fue su primer comentario cuando saliste al hall del teatro.
- No es can can, papáa. Es comedia musical.
Lo mesmo.
¡Y esto es un traje de plumas, no un plumero papáa!
¡No había forma de hacerle entender al tano que vos eras una artista! Y no la hubo. De chica ya vislumbrabas. Dos por tres te veía con el palo de escoba en la mano, a modo de micrófono, bailando como loca frente al espejo. Tu boca, gesticulando la letra muda de algún ritmo que nunca supe. Yo, como una idiota me hacía la indiferente. Quería seguir con los deberes de la escuela y ya no podía. Me desconcentrás, te repetía casi en susurro. Vos te reías y seguías dáletequete dálete. Incansable. A veces la veo a Martina y me hace acordar mucho a vos. Miro tu retrato. La miro a ella. Una sensación sobrecogedora sobreviene, me desborda, me supera… No puedo evitarlo. Es un nudo en la garganta y nada, no puedo decir más nada…
El otro día la nena me dijo – Abu vení – y me llevó de la mano. ¡Mirá lo que hago! Tomó una linterna y con una chalina de la madre que se acomodó en el cuello, comenzó a cantar. ¿De quíen es? Shakira respondió sin dejar de moverse. ¡Quedé perpleja! Iba desplazándose de un lado a otro, dominando el espacio, contorsionándose, cual una odalisca y cantando cada frase como si se la hubiera estudiado de memoria. Creí verte en esos gestos, esos movimientos tan precisos que no eran de una criatura. ¡Qué locura la mía!

Liliana hojea una revista y observa de reojo. Su hija, está ensimismada en la tarea. Toma uno y otro lápiz y pinta con afán. Mucho azul, con pintitas blancas en un vestido. Rojos los labios y el cabello marrón, más clarito que el fondo.
- ¿Te preparo la leche Marti?
- ¡Si! contesta la nena sin levantar la vista. Se acomoda tras la oreja, un mechón que cae y molesta, ese mechón rebelde que dos por tres se resiste al peine. Se detiene, mira el dibujo y continúa retocando.
- ¿Qué es? Pregunta intrigada Lili revolviendo el Nesquik en la taza de Bob Esponja.
- Es para la abuela…
- Mmm ¡Qué lindo! ¿Y quién es?
- ¿Má cómo no sabés? Es la tía Rosita cantando en el teatro…
- ¡Ahhh! – exclama la madre y le alcanza la taza.

Son casi las seis de la tarde. Liliana, frente al espejo del baño se da los últimos retoques en el brushing. Martina la mira pensativa. –Ya estará por llegar la abuela- dice la madre mirándose y sacando trompa, con el lápiz labial en la mano.
- Má…
- Mmm. ¿Sí? Ay, esperá que esto del rimmel nunca lo entendí hija. Siempre me terminan llorando los ojos…
- Ya está, ahora sí, te oigo -
- Decíme má…
- Te digo-
- Vos me contaste que a la gente le pasa lo mismo que le pasó a Tubby cuando se enfermó y se fue. ¿No cierto?
- - ¿Qué cosa?
- Eso de encannar en otro gatito bebé…
- Ajá, re-en-car-nar. ¡Uf! ¡Ves! Ya me empezó a llorar el ojo… Sóplame, Marti, sóplame un poquito. Liliana apantallándose con la mano.
- Bufff, bufff. Y… ¿A todos nos pasa lo mismo?
- Ahh, ya estoy mejor.

- Sí preciosa a toooda la gente. Cuando se… van al cielo, vuelven en otro cuerpo. Nacen, otra vez, como bebés…
- ¿Y a vos y a mí también nos pasó lo mismo?
- Sí, que yo sepa somos gente ¿no señorita? Dice la madre haciéndole cosquillas en el ombligo.
- Dígame usted, a ver, a ver ¿Qué es lo que tanto preocupa a esta diablilla? Y la abraza con fuerza, apretando y besuqueándo los cachetes pecosos.
- ¡Sonó el timbree, es la abuuuu!- grita la nena y sale corriendo hacia el living.

- Mamá me voy porque llego tarde, la función empieza siete, siete y veinte y…
- Síii, andá tranquila hija, andá nomás que con Martí sabemos qué hacer. -¿Verdad?
Martina asiente con una sonrisa y corre hacia el escritorio donde están sus cuadernos.
- Hasta luego, pórtate bien, no la hagas enojar a la abuela, ¿Eh?
- ¡Chau má, nos vemos más tarde y… ¡Gracias! Liliana besa la mejilla de Dolores y le guiña un ojo.

-Abu, ¿te gustó el dibujo?
- Me encantó. ¿Querés que veamos una peli?
- No. Quiero que me cuentes de la tía.
- ¿Otra vez? Sos incansable piccolina.
- ¿Pico qué? Dale, dale…

El álbum de la familia siempre está a mano. La trama de la historia familiar se entreteje cual una fábula, un cuento en busca de un final que se hace desear, que nunca llega. Como la vida, esa saga eternamente inconclusa.

Martina sentada en la falda de Dolores busca el retrato en blanco y negro, dentro del libraco. Dolores habla poco, las pocas palabras que usa para hablar de su hermana. La nieta la mira atenta y en un momento algo le llama la atención. Apoya su manita en el rostro y comienza a deslizarla, despacito, concentrada en ese simple gesto.

-¿Qué pasa? ¿Tengo muchas arrugas?
-¡Sos linda, Abu!. Le dice mirándola a los ojos.
-¡Ay! ¿Te parece?
-Siii, y … ¿sabés otra cosa?
-Umm, ¿Qué más?
-Siento que yo soy tu hermana…

Una foto cae, se desprende del álbum, como si un resorte invisible le diera vida propia. El silencio huele a rosas, rosas de un rosal lejano, de un mundo vecino. Algunas lágrimas se mezclan con la risa. En el abrazo ya no se sabe quién es quién.

Plenilunio

  ¿Sufre más aquél que espera siempre que aquél que nunca esperó a nadie?.
Pablo Neruda

 Una nuca femenina, desnuda como al descuido, siempre me pudo. Y en aquel entonces cuando la fibra nos llevaba, aún más, arrebatándonos por capricho, o por necesidad. Ahí estabas frente a mí, dándome la espalda, como un ícono de aquello que sería nuestro encuentro. Yo saboreaba un trago, mientras el sonido de la música acompañaba mi silenciosa vigilia en el Floridita Bar de la noche parisina. No estabas sola.

 Era mi primer viaje a Europa. Un regalo de los viejos, cuando estábamos inmersos en aquella fábula farandulesca del uno a uno que encandiló a la clase media argentina y se podía viajar al exterior. Ibamos en pleno apogeo de la pizza con champagne, de la palabrita yuppie (hoy un arcaísmo) que iba reemplazando al obsoleto pequebu progre. En medio del empacho con el que nos habíamos atosigado todos y yo que no entendía nada, bajo el mandato parental ¡Algo tenés que estudiar! me había metido en  Derecho. Me supe atraído por ese edificio con columnas de estilo dórico, en donde uno se sentía en una especie de Partenón bajo el cuidado de alguna émula de Atenea. Habiendo terminado la carrera, y poco después del viaje me inicié en la actividad con la ilusión pasmosa que nos subyuga a los veinti pocos. Creía en la justicia del hombre, a priori. Pero, tengo la sospecha que a partir de ese día, el que se cruzaron nuestras vidas, un aspecto mío empezó a resquebrajarse. Algo que hizo que poco a poco me fuera diluyendo, o mejor dicho, se diluyera una de mis cáscaras.Todos tenemos innumerables, algunos las tienen y son cortezas  otros, envolturas muy finitas. Una vital se me rasgó aquella noche y poco a poco no pude ocultarme más de mí mismo. 

 Volviendo al viaje, Beto, Pablo y yo teníamos  tres semanas para disfrutar. El recorrido comenzó por París. Aquella noche, era la primera de nuestra travesía. Salimos del hostal, en busca de algo para comer. La cocina francesa es  para deleitarse y creo, fue lo mejor de todo, además de vos. Después del Restaurante Universitario que nos habían recomendado (exquisito y módico para nuestro bolsillo), resultó imprescindible caminar. Los platos de quesos, langosta a la creme, y un merlot de la casa, servido en una delicada  jarra con forma de Pierrot, resultaron un manjar para sibaritas. Todavía cegados por la victoria de nuestro flamante título, atragantándonos con la vista de la Tour Eiffel y la ciudad que prometía, deambulamos por un buen rato. Jocosos, fumando y hablando fuerte, atropellando el vientecillo noctámbulo con el estigma de macho porteño, que,  hoy a cierta  distancia me da prurito decirlo, pero que en ese entonces nos otorgaba una seudo seguridad. Las damiselas surcaban las calles con ese glamour lejano que supimos admirar en le femme de la pantalla grande. El reciente estreno de Bleu, donde la Binoche soltaba ese enigmático candor aún sacudía nuestros ensueños. Además de la comida, las francesas siempre tuvieron lo suyo, por más que muchos se empeñaran en demostrar que como las tanas no hay, sobre todo en cuestión de delanteras.
 Hasta que por la Rue de Mont Martre, nos detuvimos, eclipsados por el colorido de una vidriera. Se veían las mesas  colmadas de gente con indumentarias extravagantes, trajes futurísticos o antiguos, y alguna que otra mascarilla.  Entramos a la fiesta sin disfraz alguno, de puro cretinos . Al atravesar la puerta e irrumpir en la atmósfera un estupor sacral me sacudió. De inmediato supe que éramos bichos en una guarida extraña, aunque a nadie parecía importarle. Sonaba el incipiente electronic dance o tecno(para mí muy parecidos), nacidos en las modas europeas. La sensación no nos amilanó. Por el contrario el efecto adrenalínico que se suscita en este tipo de situaciones nos motivó. 
 A los cinco minutos Pablo y Beto, sin perder tiempo, se habían puesto a bailar con un par de señoritas longilíneas, muy risueñas, en una breve pista  que se emplazaba a un lado del lugar. Ellos hablaban bien el francés. Yo, me quedé solo en la barra, magnetizado por una idea. Mas bien una idea con forma de nuca de mujer. El borde de tus orejas apenas podía apreciarse  bajo la lumbre de las luces psicodélicas y la extraña parafernalia que llevabas por sombrero. Lo de las orejas sería un detalle sin importancia, si no fuera por lo que vino después. Como corolario, una sutil línea de mechones recortados a la garzón enmarcando la llanura de tu cuello.

 Una vez una chica en la mesa del bar de la facu, con ese aire sabiondo que ponen las minas cuando te quieren aconsejar, me dió su veredicto. Edipo mal resuelto querido, aseveró dándole tal pitada al Philip Morris que se le hundieron los cachetes. Puede ser le respondí, por cortesía y porque a una estudiante de derecho no se le discute nada. Lo cierto es que en casa fue todo un estilo el cabello corto, estilo que lo inició la vieja y luego mis hermanas, que continuaron con la estirpe. Aun recuerdo la cara desencajada de papá cuando ella llegó de la peluquería la primera vez que se rapó. Yo no tendría más de trece años. Entró sonriente con ese trajecito manteca, que le quedaba tan bien y un paquete en la mano. Era su pelo. Como sabía que a él no le iba a gustar lo que se hizo en la cabeza lo guardó, y se mandó a confeccionar una peluca que usaba de vez en cuando, para complacerlo.
 
 Una cabellera breve no es asunto para cualquier mujer. En particular opino que se trata de seguridad y hasta cierta arrogancia que en mí despierta al dragón ciclópeo de la seducción. 
 ¿Monsier? una figura se me abalanzó por encima de la barra. Me llamó la atención el moñito negro bajo la pera, que le hacía juego con los bigotes espesos y enrulados en las puntas, como a propósito. Miré la carta plagada de nombres ininteligibles y le marqué uno con el dedo, que según la lista, tenía cointreau.
 Privilege Pisco, repitió el barman en un tono nasal. Asentí. Comenzó a colocar los diferentes ingredientes en el vaso metálico, un touch de hielo y sin dejar de clavarme la mirada, entró en algo así como una mórbida epilepsia. Agitando la bebida en lo que podría ser un ataque de mal de sambito, con deslices heróicos hacia un costado y hacia el otro detrás de la barra, giró sobre sí mismo, marcando malabarescas piruetas con hombros y brazos, sin despegar las manos del metal, cuestión que me impresionó.
 Hubo otro detalle que comencé a observar en ese momento, y que al principio habíamos pasado por alto, o mejor dicho, lo atribuímos inocentemente a nuestra suerte. En el local había muy pocos hombres y, a decir verdad, los que se veían no eran un dechado de masculinidad. El europeo suele ser un tanto andrógino, me dije, y la bebida dulzona atravesó mi garganta, hasta que volví a la morocha que estaba de espaldas. Como mencioné antes, no estabas sola.
 La troupe de seres que se deslizaban en una nube enigmática adolecía de algo, pero no supe de qué en ese momento. Un aura alucinatoria y nostálgica los arrastraba por el ámbito del lugar y nosotros ya éramos parte del letargo.
 Me acerqué a tu mesa con el vaso vacío en la mano y atiné a un ¿Madam? que se perdió en el ruido, dejándome como un estúpido.
 ¿Do you speak english? intenté otra vez, con nula esperanza de que hablaras español. La chica que estaba con vos sonrió y te hizo una seña. Creo que le dí lástima.
 Y recién ahí volteaste la cabeza. Miraste de arriba a abajo como quien relojea a un maniquí en una vidriera. Nein me respondiste y seguiste en lo tuyo.
 A causa del talante machista o porteño (que es lo mismo), o a lo mejor la herencia vasca que me corroe las venas, no me dí por vencido.
 *¡Poupée! grité casi desaforado, recortando la escena. Era una de las pocas palabras que conocía del francés. Las dos empezaron a las carcajadas. La cabellera de ella llegaba hasta la cintura, recogida en una interminable cola de caballo. Una especie de boina caída hacia el costado le tapaba parte de la frente. En la cara una pintura blanca, enmarcaba la ciruela de la boca y los ojos, dos almendritas rodeadas por las puntas de estrellas, en plata, igual que el traje en que iba enfundada la rubia. Vos tenías un maquillaje parecido, pero nunca voy a olvidar el color de tu vestido, naranja brillante. Y corto, exageradamente corto. Descruzaste las piernas, pálidas como velas y me hiciste otra seña que yo entendí muy bien. Cuando corría la silla para apoyar mis sentaderas, una sombra a un costado desvió mi vista. Eran dos que se estaban besando. Algo normal en cualquier parte del mundo, pero ahí había algo raro. No parecían un hombre y una mujer.
 Quise suponer que la simpatía por fín había triunfado, y me dí por ganador.
 ¿Querrés tomar algou? preguntaste en ese tono pueril y cortés. Y mis murallas de varón cabrío se fueron desintegrando, dejando mil pedazos dispersos por el piso. No eras la Binoche, pero tenías un aire. Más que un aire, un ventarrón. Ojo, lo digo sin soberbia.
 Con lo poco mío de inglés y lo poco tuyo de español nos arreglamos bien.
 ¿Qué es esto que se escucha? Le musike… pregunté señalando con el dedo índice hacia arriba, en un meneo de cabeza.
 Jarré, me respondiste airosa. ¿Bailas? propusiste. Y empezamos a movernos los tres al lado de la mesa. Cuando cerré los ojos, en éxtasis provocado por el sonido electrónico, y los volví a abrir, tu amiga ya no estaba. No exagero, desapareció sin dejar rastros.  En cambio vos me tenías clavado en ese mirar cuya distancia me acercaba cada vez más. Ahí atiné en las orejas, que terminaban en lóbulos alargados y puntiagudos. Te habías quitado el sombrero. Observé con más detenimiento y caí en la cuenta. Todos tenían una fisonomía muy parecida. ¡Qué fenómeno son los europeos! pensé. Vos te reiste. Empecé a sospechar que mi cerebro era transparente. Me mirabas por encima del pelo, achicando los ojuelos, como si estuvieras viendo el signo de interrogación en el globito que se me había dibujado sobre la  cabeza. Cuando te iba a preguntar por tu nombre, mencionaste Gáraban, antes que yo abriera la boca.¿Cómo? repetí y aproveché para acercarme un poco más. Me dicen Gáraban aunque en verrdad ser Elbe. Pero eso no es francés, te susurré a pocos centímetros de tu carita, distraído, sin percatarme de ese imán que me rodeaba y  me iba devorando.  Nein, repetiste, segundos antes que mis labios se apoyaran suaves sobre los tuyos y un resplandor me sacudiera. Tengo la sensación que me esfumé, no sé a donde. Digo la sensación porque del shock, al instante me separé de vos y abrí los ojos.
 Tu sonrisa, endeble y misteriosa me confundió. Poniendo el dedo índice sobre mi boca me dijiste algo así: Nunca olvidar. Nada de lo que ves es rreal, lo que vives tampoco; el tiempo no es lo que parrece, ustedes ser apenas una ilusión de sí mismos… 
 Después sólo recuerdo que te ví, bajo el efecto hipnótico que me había cegado. El vestido naranja se perdía bajo la semipenumbra. Me pareció que tu amiga te llevaba del brazo, casi arrastrándote.
 
 Pasaron trece años desde aquel viaje. Me alejé de la abogacía, casi con asco, pero eso es otra historia. Todavía me pregunto qué habrá sido de la vida de Beto y Pablo, a quienes no vi más. A uno de los dos me lo cruzé una vez, acá en Palermo, pero agachó la cabeza el muy maldito y siguió de largo por la vereda de enfrente.
 Aun tengo fogonazos de tu imagen que me persigue agradablemente en la noche. Te me aparecés, iridiscente, sobre todo en plenilunio. Hace tiempo, se repite un sueño, en donde corro por un campo árido, naranja como tu vestido y llego a un espejo de agua.  En ese punto me detengo. Me inclino y un reflejo mío saluda. Ahí estoy, iridiscente igual que vos y con las mismas orejas.

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